EL PREGÓN DE LA RASPADURA

Niebla: Un personaje del folklore urbano santaclareño.El último número de la revista cultural Signos, editada en Santa Clara, Cuba, publica una entrevista a un personaje singular del folklore citadino: un vendedor de raspaduras (golosina hecha del guarapo de la caña de azúcar), que llama la atención de chicos y adultos, cubanos y extranjeros, a su paso por el centro de la ciudad, entonando un pregón que ya hace historia.

Muchos de los que nos han visitado, lo recordarán, y otros encontrarán interesantes las declaraciones del singular personaje, quien también relata su historia vinculada a la Revolución y al Che Guevara: Julio Guerra Niebla, el del Pregón de la Burundanga:

«Ahora voy a enseñarle mi foto con el Che… Y allí, en la instantánea que recoge un raro minuto de descanso, al lado del guerrillero hay una mano que los escépticos mirarán con sorna; pero no puede ser otra que la de Julio Guerra Niebla: la que va por las calles de Santa Clara regalando caramelos. ¿Quién dijo que en los retratos tenga siempre que aparecer el rostro y no esos cinco dedos que a veces guardan todo el dolor del mundo, si nunca, por ejemplo, han podido acariciar a un hijo propio?

»Los niños ríen cuando escuchan a Julio repetir su contagioso pregón que anuncia raspaduras. No conocen la historia. No saben que ese hombre estuvo sentado junto al Che Guevara, aunque solo dejara un pedazo de sí para la foto. No saben que esa imagen se convirtió en testimonio involuntario de que tenemos delante a un hombre mutilado: aquel joven que fue castrado brutalmente.

»Pero con Julio no ocurrió como con los célebres castratis de la ópera italiana: su voz no se tornó aguda sino más grave y más amarga… No canta en los teatros sino en las calles de una ciudad de provincias el pregón tintineante que ya se convirtió para muchos en himno. En él se entrega Julio todo, y honestamente insiste en esta aclaración innecesaria: «Yo no canto el pregón por tradición; lo canto por dolor y sentimiento».

Así inicia el periodista y editor Yamil Díaz Gómez su entrevista para Signos, de la cual reproduzco un fragmento como un adelanto del número 55 próximo a publicarse:

 

JULIO, EL PREGONERO

¿Qué traigo aquí?

El pregón del niño,

el pregón de la burundanga,

el pregón de la raspadura.

¡Qué rica están:

yo me las comiera todas!

 

Ese pregón lo inventé hace unos años, cuando me empezaron a caer los inspectores. No querían que pregonara ni que vendiera raspadura.

Cada vez que pasaba por el parque, tenía problemas con dos o tres. Siempre llamaban a los de la policía para que pelearan con la ciudadanía. Entonces, como en la policía hay amigos míos, ya que fui militar cuarenta y un años, no les tengo inquina. Después en la calle Independencia unos clientes me compraron tres raspaduras. Cuando fueron a pagar, sacaron un documento de inspectores. Me pidieron mi carnet de identidad, y les dije que no les daba carnet ninguno.

Bueno, el problema es que la gente tiene mucho miedo con la policía; pero en sí la policía actúa como tiene que actuar porque a ellos les dan misiones, ¿entiende?, y a veces hay quien viene pregonando cebolla, ajo…

A mí todo el mundo me compraba porque —como el pueblo de Santa Clara completo conoce que fui miembro del Ejército Rebelde, de la Columna 8— soy muy conocido en toda la isla de Cuba. Yo me voy para Matanzas, y allá tengo hospitalidad. Me voy para La Habana, y tengo hospitalidad. Luché contra los chivatos y hoy en día me dedico a mi trabajo. La vida ajena no me interesa para nada ni le hago daño a nadie. Mis padres me enseñaron a ser así, y el comandante Guevara también me enseñó a ser así…

Pues lo que le canté es el anillo del pregón, pero escuche los otros tres pregones:

 

Raspadura de guarapo

con «janjolí»

que te guste…

¡Qué rica están:

yo me las comiera todas…!

Raspadura de guarapo

batida con janjolí

que te guste…

¡Qué rica están:

yo me las comiera todas…!

Raspadura de guarapo

batida con janjolí

que te guste…

¡Qué rica están:

yo me las comí todas…!

 

Anjá. Este lo tiro cuando se me termina.

Yo no canto el pregón por tradición; lo canto por dolor y sentimiento, ya que no pude tener hijos. Primero pregonaba «de la buena» pero, en vista de que no pude hacer familia, le puse «el pregón del niño».

Mire, yo compro caramelos en la shopping. No se los compro a ningún particular para no envenenar a ningún muchacho. Cambio el dinero cubano por divisa y busco todos los días cuatro paquetes que me cuestan uno sesenta y cinco. Hay padres que no, que no lo aceptan. Ellos no saben por qué regalo caramelos.

Así que voy a la vez vendiendo raspadura y regalando caramelos. ¿Ya entiende?

¿Usted sabe? Vienen personas a veces con periódicos, y como uno no sabe si las letras están envenenadas —la tinta de las letras—, cuando veo que me van a dar un periódico o una jaba un poco estrujada, les digo:

—No, señor, yo despacho en mi jaba.

No la despacho en otras para que la raspadura vaya con más prestigio. Entonces inventé una «chágara» para no tocarla con la mano tampoco. No dejo que nadie hable encima de la raspadura ni me la sopetee. Siempre la cojo con la chágara y así la doy. Si veo alguna persona que va a meter la mano, le advierto:

—Espérese que para eso estoy yo. No se ponga bravo.

Así la raspadura va más limpia a los niños y a los padres.

Hay gente que me la compra para países como España, Venezuela, El Salvador… porque las mías pueden durar tres meses guardadas en unas cajas plásticas especiales que compré en las tiendas de divisa. Además tengo un sellador, y no se echan a perder con ese sellador.

Desde que inventé el canto, me empezaron a perseguir los periodistas, la televisión, y salí hasta en el periódico Vanguardia. A cada rato me agarra la emisora CMHW en una guagua que tienen y me tiran al aire, a la población. Ya la provincia completa sabe que soy el pregonero de Santa Clara.

¿Usted sabe que una niña ganó tres premios con mi pregón? A cada rato la sacan a cantarlo en los teatros.

Hay una canción de Michel Portela, el trovador. Ahora está la de Ribalta, un grupo musical que le dicen «Ribalta y su Guararey». Ellos tienen montado en su repertorio el pregón de la raspadura. Los Jime, el grupo de los Jime, también. Cada uno a su manera. Ribalta, que es uno de los músicos más grandes de la provincia, tiene el pregón muy bueno, pero muy bueno. Mientan hasta mi nombre. Lo cantan en los municipios. He ido con ellos a cantar y a regalarles caramelos a los niños.

Estoy hasta en algunas revistas de turistas porque me entrevistaron dos periodistas: uno de Brasil y otro de Alemania. Y hay un señor inválido —en un sillón de ruedas de esos de motor— que grabó los pregones porque a él le gustaba cómo se habían despertado los pregoneros.

Yo vendo la raspadura de caña, nunca de azúcar. A ningún niño le vendo raspadura de azúcar. La mía siempre es de guarapo con crema de maní y crema de janjolí. Vendo cuatro cajas diarias: cada una de setenta y dos raspaduras.

Eso sí, tengo los barrios divididos. Los lunes arranco en La Colonia, cojo por la calle Máximo Gómez y doblo por Martí. En Martí sigo hasta Lorda. Subo por Lorda al Rápido, y del Rápido al parque, y ya en el parque no me queda raspadura. Después cargo otra vez. Vuelvo a empezar donde se me terminó: frente a la glorieta del parque, ahí tiro el pregón. Si me llevo por la gente, vendo la caja completa pero lo que quiero es que los niños oigan el pregón; conocer más niños cada día, aunque sean de otros países, ya que yo no pude tener hijos. Tiro el pregón para los niños de este país y los del mundo entero… Después bajo por Independencia hacia Plácido. Luego agarro por el periódico Vanguardia, donde me fotografiaron. ¡Estoy fotografiado en los periódicos!… Y así cada día tiene su recorrido: el lunes fue hasta la antigua plaza del mercado, el Coppelia; el martes, por atrás del hotel Santa Clara Libre…

El sábado y el domingo es cuando más quiero tirar el pregón, pero hay grupos artísticos que me convidan para ir a los municipios…

¿Usted quiere saber cómo se fabrican las raspaduras? Eso que está mirando, todos esos ingredientes los lleva. Yo superviso a los fabricantes para ver cómo se visten: si tienen las manos limpias; si mantienen el trapiche bien lindo. Compruebo si a la caña le quitan el poro, porque la caña usa un poro, y si no la pasan por una máquina peladora, se le queda. Tiene que ir limpia. De lo contrario le sale suciedad a la raspadura. Cada caña se pasa por el trapiche solo dos veces. Tres no, porque entonces en vez de salir el ingrediente del guarapo sale el de la cáscara, y la cáscara no guarda guarapo ninguno. Yo no vendo una raspadura si no se le hace todo eso… El guarapo tiene que hervir en una olla grande donde se hace el melao. Hay que esperar dos o tres días hasta que el melao tenga el punto correcto, fuerte. Cuando ya el fabricante cree que está, saca un chorro en una palangana —que tiene que ser de loza— y lo toca. Si lo ve pegajoso, ya está listo. Cuando se pone amarillo y blanco, con un cucharón se echa un pegoste en un poco de agua: si se vuelve un mascón, ya casi está la raspadura. Ahí es donde coge el punto, y luego se le echa el janjolí tostado o el maní desgranado. Entonces coge ese olor a maní que se le mantiene. Luego se pasa para unos marcos: una tabla grande, del mismo molde de la raspadura, dividida en cuarenta cuadritos y tapada con una tela blanca bien lavada, que no le puede quedar agua. Si le queda agua, no sirve. La tela tiene que estar limpiecita y bien exprimida, seca; si es posible ponerla al sol, y usted no la levante hasta que la masa hecha con la crema no lleve diez o doce minutos dentro de ese molde. Verá que le salen todas enteritas. Ahí tiene que darle como otros diez minutos de aire hasta que se ponga dura. La raspadura tiene que quedar «cuadraíta» y sin huecos, ¿ya entiende? Porque, si no, es una chapucería. Mire esta, ¿la ve usted? Ahora se la voy a dar a oler.

Yo con mirarla sé si una raspadura sirve. Siempre la pruebo, y si usted le echa limón, la halla más rica todavía. Se puede hacer de coco, de queso, de leche, de fruta bomba, de naranja, de limón… Pero yo no: la vendo con crema de maní y crema de janjolí y algunas veces de queso.

De muchacho fui cortador de caña, y me acuerdo de las raspaduras que comía, que eran del verdadero guarapo. Antes costaban dos centavos. Imagínese: nadie tenía un quilo. Ahora valen tres pesos. A la verdad, a mí no me importa tanto ganar unos centavos como que la gente comente que está rica o diga:

—Coño, comí raspadura de queso, comí raspadura de leche.

Aquí en la casa, si me descuido, mi mujer no me deja una raspadura en la caja. Por mí no, porque yo no como dulce. Los únicos dulces que a mí me gustan son la fruta bomba en trozos o el de toronja. Y el de calabacita china también. Cuando era niño, tenía que comer raspadura con pan porque —como nosotros pasábamos hambre cuando la temporada de Batista— ese fue mayormente nuestro almuerzo.

Pienso seguir en esto muchos años. No me aburro. Me han invitado a ir a cantar el pregón a otro país pero no he querido. En los Estados Unidos está mi pregón en un lugar que le dicen California del Pulguero. La gente que viene de allá me graba el pregón. Lo tiraron por unas emisoras de allá. Me lo dijeron, no porque lo haya oído, ¿ya entiende?

…Tengo mi idea con el problema de la raspadura para ayudar a los niños cubanos, porque a veces un muchacho me ve y pide:

—Ay, mami, cómprame una raspadura.

—Hijo, me queda poco dinero.

Entonces le regalo una y dos o tres caramelos y para mí es un orgullo cuando la mamá pregunta:

—Niño, ¿qué se dice?

—Gracias.

Porque están enseñando al niño a ser una persona digna. Y los niños me dan las gracias: niños de tres, de cuatro años. Para mí es una educación la raspadura.

También me gusta que la juventud me respete para yo respetarla; pero el problema es que mi pregón dice: «Yo me las comiera todas». Y a veces vienen muchachas vestidas con lycras o en short. Las veo de rabo de ojo y canto: «¡Qué rica están, yo me las comiera todas!». Ellas me miran; pero yo no lo digo con frescura. «¡Qué ricas están, yo me las comiera todas!» Y ellas sonríen.

Una respuesta a “EL PREGÓN DE LA RASPADURA

  1. Muchas Gracias por este nostálgico post.

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