CHE: EL ÚLTIMO COMBATE

Che con un grupo de guerrilleros en la selva boliviana.

Durante los días posteriores a la emboscada del 26 de septiembre de 1967, en la que murieron el cubano Manuel Hernández Osorio (Miguel), Roberto Peredo Leigue (Coco) y Mario Gutiérrez Ardaya (Julio), el Ejército intensificó el asedio contra la pequeña formación guerrillera dirigida por el Comandante Ernesto Che Guevara.

Cientos de efectivos de las fuerzas regulares, de las tropas especiales y agentes de la CIA participaron en las operaciones. El cerco, inexorablemente, se estrechaba. Fuentes castrenses, en una información difundida por una emisora chilena y captada por el Che, aseguraban tenerlo acorralado.

El jefe insurgente, desde su oculta posición, anotaba el día 28 en su diario: «Día de angustias, que en algún momento pareció ser el último nuestro […] A las 10 pasaron enfrente nuestro 46 soldados con sus mochilas puestas, tardando siglos en alejarse. A las 12 hizo su aparición otro grupo, esta vez de 77 hombres y, para colmo, se oyó un tiro en ese momento y los soldados tomaron posición; el oficial ordenó bajar a la quebrada, que parecía ser la nuestra, de todas maneras, pero al fin, se comunicaron por radio y pareció quedar satisfecho reiniciando la marcha.»

Pese a las circunstancias adversas, el Che se mostraba con su serenidad habitual, sin pesimismo, confiado en las decisiones que estimó más apropiadas. Consideraba que lo más importante en esas condiciones era desplazarse hacia otras regiones de mayores perspectivas, a fin de proseguir la lucha revolucionaria con la probable incorporación de nuevos combatientes a las huestes internacionalistas.

Con esas miras determinó el avance y cubrió con cautela extenuantes jornadas por senderos accidentados, hasta que los 17 hombres acamparon en un paraje inhóspito, de irregular relieve, con predominio de arbustos bajos y terrenos pedregosos. Se trataba de la Quebrada del Yuro, a unos seis kilómetros de La Higuera.
En ese entorno de abrupta conformación se desarrolló el 8 de octubre la crucial batalla, para la cual dispuso el Che la defensa en un orden combativo que permitiera la posibilidad de abrir una brecha en el cerco tendido por el Ejército. El reducido destacamento quedó estructurado en tres grupos, para defender las vías de acceso a la Quebrada y el centro de esta, donde permanecería el Comandante con los enfermos y varios combatientes más.

A las 13:30, con el disparo que fulminó a Aniceto Reynaga al intentar el cruce de un claro para reemplazar en su puesto a Pombo (Harry Villegas) y Urbano (Leonardo Tamayo), se generalizó la refriega. Apenas un puñado de guerrilleros contendría durante más de seis horas la acometida de fuerzas muy superiores en cantidad de hombres y armamentos.

La resistencia devino derroche de coraje, como cuadra a luchadores armados de ideales. Inti, Darío y Benigno, que ocupaban posiciones en una de las entradas, trataban de hacerse fuertes detrás de un pequeño árbol. Desde allí ocasionaron al enemigo una decena de bajas. En el otro sector, Pombo y Urbano se protegían tras una roca, sobre la cual concentraron el fuego los militares. Una granada lanzada contra el parapeto levantó una gran polvareda que ambos aprovecharon para correr hasta el sitio en que se encontraba el Ñato (Julio Méndez).

La embestida de los uniformados también se hizo sentir con rigor en la posición del Che, quien en medio de la contienda, en gesto que mucho le enaltece, se ocupó de la seguridad de los enfermos, cuya riesgosa conducción a través de las líneas enemigas encargó a Pablito (Francisco Huanca). De ese modo consiguieron burlar el acoso el médico cubano Octavio de la Concepción y de la Pedraja (Moro), Lucio Galván (Eustaquio) y Jaime Arana (Chapaco). Unos días después caerían en el encuentro con una patrulla.

En el libro Mi campaña con el Che, Inti Peredo relata cómo él y sus dos compañeros infligieron también severas pérdidas al adversario, y aprovechaban para disparar cuando el enemigo hacía fuego, para no delatar la posición y ahorrar parque.

Luego ofrece más detalles sobre las acciones: «Anochecía cuando bajamos a juntarnos con Pombo, Urbano y Ñato, y a buscar nuestras mochilas. Ya estábamos actuando en nuestro medio. Preguntamos a Pombo:

«—¿Y Fernando? (aludía al Che)

«—Nosotros creíamos que estaba con ustedes, nos respondieron.

«Nos dirigimos presurosos al lugar de contacto […] No encontramos a nadie, aunque reconocimos huellas de pisadas de las abarcas del Che, que dejaban una huella bastante diferente a las demás, y por lo mismo eran fácilmente identificables. Pero esas huellas se perdían más adelante.

«Supusimos que el Che y el resto de la gente se habían dirigido hacia el río San Lorenzo, como estaba previsto, con el objetivo de ir internándose en el monte, lejos del alcance del ejército, hasta alcanzar la nueva zona de operaciones.»

En realidad, Inti y sus compañeros ignoraban en ese instante que su jefe había sido herido en una pierna, y que auxiliado por Willy (Simón Cuba) pudo moverse hacia el punto de reunión previamente acordado. En esas acciones, como resultado de los impactos recibidos, el cañón de su fusil M-52 quedó destruido. Tales circunstancias facilitaron la captura de ambos combatientes, trasladados de inmediato hacia La Higuera, donde fueron asesinados al siguiente día junto con Juan Pablo Chang (Chino), apresado en la zona de operaciones.

Fidel, en «Una introducción necesaria» al Diario del Che en Bolivia, describió los úl­ti­mos instantes de su entrañable compañero:

«El mayor Miguel Ayoroa y el coronel Andrés Selnich, rangers entrenados por los yanquis, instruyeron al suboficial Mario Terán para que procediera al asesinato. Cuando éste, completamente embriagado, penetró en el recinto, Che —que había escuchado los disparos con que acababan de ultimar a un guerrillero boliviano y otro peruano— viendo que el verdugo vacilaba le dijo con entereza: “¡Dispare! ¡No tenga miedo!” Éste se retiró, y de nuevo fue necesario que los superiores Ayoroa y Selnich le repitieran la orden, que procedió a cumplir, y le disparó de la cintura hacia abajo una ráfaga de metralleta […] Esto prolongó cruelmente la agonía del Che, hasta que un sargento —también ebrio— con un disparo en el costado izquierdo lo remató.»

Pero la muerte alevosa no logró silenciar su epopeya. Sobre ella se levanta su ejemplo inmortal que recorre el mundo. En cambio, sus asesinos han quedado para siempre en el olvido.

Desde entonces, dondequiera que se alce una causa justa, la acompaña la imagen del Che, quien está en todas partes, en los cerros, quebradas y ríos, en abruptos caminos, en el verdor de los llanos y selvas, en la aridez de las pampas y la cresta de las montañas, en la sonrisa de un niño. Está en los senderos, una casa, una silla, un árbol y hasta en un rústico tronco de madera, donde se le recuerda y venera.

Benito Cuadrado Silva

Una respuesta a “CHE: EL ÚLTIMO COMBATE

  1. No se como le dais esa aureola de heroe,
    cuando solo es un miserable criminal que decia cuando le acorralaron no me mateis que valgo mas vivo que muerto UN personaje que asesino con su propia arma a varios de sus compañeros que comprendieron que no tenian nada que hacer y querian abandonar la banda terrorista. Aparte cuando uno invade un pais extranjero merece que lo ejecuten sin juicio, el hiba solo a asesinar bolivianos cegado por su fanatismo

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