¿QUIÉNES APROVECHAN LA PLAZA VACANTE DE LA TELENOVELA CUBANA?

La serie Prison Break es seguida capítulo a capítulo por muchos cubanos, casi al unísono con su estreno.Nadie está satisfecho con la televisión que tiene… podría deducirse de las abundantes críticas que recibe este medio en las más diversas latitudes, y las insatisfacciones que diariamente leemos en los medios, y más ahora en los blogs personales. Y los cubanos, tan «sabios» en televisión como en béisbol, no nos quedamos atrás… estamos inconformes con nuestra TV, pero además, le pedimos a veces, más de lo que es capaz de dar: una diversidad y amplitud que ya ha sido resuelta en el mundo por otras vías: telecables, satélites e internet; accesorios digitales de última generación que pueden programarse y grabar nuestras preferencias, más un largo etcétera que tardará aún en llegar a nosotros. Hasta hace poco, incluso, inexplicables restricciones alejaban al cubano de equipos electrónicos como computadoras, reproductores de vídeos y de DVDs, que ya formaban parte del arsenal doméstico del entretenimiento, y ayudaban al ciudadano a complementar la oferta televisual pública.

Motivado en gran medida por la serie de comentarios sobre la TV Cubana del colega Enrique Cedeño en su blog La Isla y la espina, traté de aproximarme a algunas respuestas a esta interrogante: ¿cómo y con qué una gran parte del público cubano suele cubrir los vacíos en la programación televisiva o esquivar algunos espacios de repeticiones o con propuestas poco atractivas? Con una premisa fundamental: Cuba no es ya el espacio cerrado de hace varias décadas, prácticamente aislado de la producción audiovisual generada en el resto del mundo.

 

La globalización también ha llegado a esta esfera de la actividad humana, y como mismo es posible ver en tiempo real una olimpíada celebrada en Beijing, también son asequibles las telenovelas de Univisión, Telemundo y Globo, o los seriales transmitidos por las cadenas norteamericanas. De ello se encargan las ilegales antenas parabólicas —captan decenas de canales vía satélite—, en posesión de muchas familias y alquiladas a sus vecinos mediante improvisadas redes; las modernas tarjetas de video para PCs, con antenas aún más pequeñas —y ya no tan escasas—; o quienes aprovechan el acceso rápido a la internet para descargar el último capítulo de Prison Break, u otra serie o filme de éxito, casi al unísono con su estreno.

A estas películas, telenovelas y series «descargadas», van unidos noticieros sensacionalistas, espacios de entretenimiento y participación de pésimo gusto, deportes violentos, entrevistas a artistas y funcionarios que han abandonado el país, shows y programas seudocientíficos… los cuales van abonando el mal gusto de una parte de la población, o deformando el de otro sector todavía virgen, entre jóvenes y adolescentes.

También las películas recién estrenadas en los circuitos norteamericanos o europeos —las mejores y las peores— entran con relativa facilidad a Cuba; las primeras afortunadamente las exhibe la televisión nacional —agradecidos por ese esfuerzo—, pero las segundas ocupan en mayoría las maletas de los que regresan al país, quienes adquieren libremente copias de escasa calidad técnica en los mercados piratas de Venezuela, Panamá o México, a precios muy baratos, y las introducen aquí sin control.

Y aquí aparecen los personajes principales en la cadena: el que multiplica esos productos con sus computadoras y quemadores de DVDs, los managers de las casas de alquiler, y los mensajeros que con sus mochilas cargadas tocan a la puerta con una oferta más competitiva que la de los escasos sitios estatales que brindan un servicio similar, en divisas o moneda nacional. Los estantes de quienes se dedican al lucrativo negocio de multiplicar copias están llenos de audiovisuales de la peor factura, con una carga excesiva de violencia y sexo, realidades edulcoradas y maquilladas, mensajes totalmente diversionistas, portadores de modos y costumbres de clase media adinerada, ajenos a las luchas y posibilidades de la gran mayoría de los cubanos.

Y cuáles joyas pueden encontrarse en este ecléctico almacén mediático:

Ahí estaban disputándose los primeros lugares las últimas novelas de las multinacionales Televisa, Telemundo y Globo, más decenas de melodramas más antiguos, pero igualmente demandados por los nuevos clientes traídos por la entrada libre al país y la venta aquí de computadoras, y reproductores de vídeos y DVDs.

Los últimos éxitos del cine hollywoodense y europeo también los vi; algunos de ellos —gracias a la piratería y a las llamadas copias de cine— aún no exhibidos en los circuitos comerciales en sus zonas de origen, en dura competencia con filmes de mucha más baja categoría, pero fichados con etiquetas de Superacción, Superterror, Guerra, Erótico, Violencia, y otras por el estilo, para subirles el rating.

Encontré las tan demandadas Decisiones (aproximadamente una hora un solo capítulo), Casos de la vida real, La vida es una canción, Lo que callamos las mujeres, mininovelas todas con repetitivas fórmulas argumentales y pobres desempeños actorales; noticieros sensacionalistas como Primer Impacto, Al Rojo Vivo y Ver para Creer, así como fragmentos de los noticieros estelares de las grandes cadenas miamenses; decenas de emisiones de los más diversos shows transmitidos por televisoras hispanas: El Gordo y la Flaca, el Show de Laura, Caso cerrado, Casos de familia, Qué locura y Doce corazones; el ya venido a menos Show de Cristina, y el —al parecer eterno— show Don Francisco Presenta, y el mítico Sábado Gigante. Poco de la programación hispana circundante se escapa ante el emupuje de la libre empresa criolla.

Y aunque en menor escala, con ellos compiten algunas producciones nacionales: varios shows del famosísimo Robertico, filmados en cabarets y distribuidos por merolicos del vídeo casero; espectáculos humorísticos de artistas conocidísimos —de aquí y de enfrente— en performances no aprobadas para menores, con chistes más picantes, y con doble sentido sexual e ideológico… más algunas realizaciones con mayor presupuesto, no institucionales, proclamadas como liberales y al margen de la censura.

Todo ello cuidadosamente empacado —hasta con cubiertas de plástico e impresiones en colores— por empresarios criollos, integrados tácita o coordinadamente en una gran multiempresa del entrenimiento que incluye a fabricantes o importadores de antenas y tarjetas de PCs, facilitadores de los códigos de acceso a canales satelitales, administradores de redes de internet, expertos en recodificación de formatos de video y grabación de DVDs, impresores de carátulas, videotecarios domésticos y distribuidores a domicilio…

Ellos suministran el material diverso, fresco y para todos los gustos, con que el televidente cubano —posiblemente el que más tiempo consuma delante de la pantalla de TV, por razones que ahora no vienen al caso— se entretiene cuando la TV Cubana pasa una de sus «interminables repeticiones» —como la actual Huérfanas de la Obrapía—, o no produce el adecuado material para su espacio estelar de Aventuras, o exhibe en las tardes del domingo las películas norteamericanas más insulsas y anodinas en su tanda de Arte Siete; o falla con shows como A romper el coco, Donde hay hombres no hay fantasmas o La neurona intranquila…

¿Soluciones? Los más drásticos pensarán en reprimir y cortar por la fuerza los mecanismos de recepción, reproducción y distribución de este tipo de productos audiovisuales; los demás —seguramente en mayoría— proponemos multiplicar las ofertas inteligentes por los canales ya establecidos, perfeccionarlos y crear aún más. Competir en buena lid, crear más establecimientos para el alquiler de vídeos y DVDs, llenarlos con filmes y dramatizados de calidad —nacionales y extranjeros—, musicales, producciones sinfónicas, de ópera y hasta de circo, y poner los precios al alcance de la familia cubana. El gusto por lo banal y evasivo no va desaparecer en un día, pero sí poco a poco. Un público culto y con alto nivel educacional como el cubano seguro va a agradecerlo.

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