PLANTAS Y FLORES EN LA LETRA DE INOLVIDABLES CANCIONES CUBANAS

La palma y el flamboyán, símbolos de cubanía.Para su entrega de diciembre de este año, la revista de cultura y folklore Signos, trae este original recorrido por plantas y flores presentes en las más diversas composiciones musicales cubanas, desde Ernesto Lecuona, hasta el contemporáneo Roly Berrío, pasando por canciones de Sindo Garay, Celina González, Luis Marquetti, Benny Moré, Celia Cruz o Los Van Van… El articulista Alexis Castañeda Pérez de Alejo, considera que en Cuba, y en el entorno caribeño hispanohablante, la fauna, así como la flora, es escasamente tomada como asunto central del canto, como inspiradora directa, incluso en la canción campesina. Lo contrario ocurre en el resto de Latinoamérica, donde existe un notable apego del hombre a la naturaleza, y los animales y la vegetación están indisolublemente ligados a su mundo mágico y a los caracteres simbólicos que los distinguen como pueblos.

La revista Signos se edita en Santa Clara, y fue fundada por Samuel Feijoo, el incansable investigador del folklor, poeta, periodista y dibujante, quien aglutinó a su alrededor a notables figuras de la plástica y estudiosos de las tradiciones más auténticas del campesinado cubano, en la región central de Cuba.

Los dejo con este interesante artículo y la invitación a leer la revista…

 

Bajo aquel flamboyán
Por Alexis Castañeda Pérez de Alejo

Cuando compilaba información sobre la presencia de los animales como tema y motivo en la canción popular latinoamericana, sobre todo las nobles bestias y las aves, para cumplir una petición de Signos 49, pude comprobar que en Cuba, y en el entorno caribeño hispanohablante, la fauna, así como la flora, es escasamente tomada como asunto central del canto, como inspiradora directa, incluso en la canción campesina. Lo contrario ocurre en el resto de Latinoamérica, donde existe un notable apego del hombre a la naturaleza, y los animales y la vegetación están indisolublemente ligados a su mundo mágico y a los caracteres simbólicos que los distinguen como pueblos.

La palma es uno de esos referentes naturales que encontramos en las composiciones musicales, generalmente como fondo: el palmar devenido escenario idílico de citas o esparcimiento. Precisos ejemplos son Como arrullo de palmas, de Ernesto Lecuona; y Bajo un palmar, de Rafael Hernández. En Amorosa guajira, de González Allué, el enamorado llama a la amada a la «verde campiña, / donde florece la piña, / aroman las flores / y arrulla el palmar»; en Alborada guajira, de Raúl Lima, el galán espera bajo un palmar, desde donde percibe que «resplandecen los montes / alumbrados por el sol / allá por el manigual». Caso raro en esta etapa fundacional es El huracán y la palma, de Sindo Garay: el árbol nacional esta vez sí será protagonista en su enfrentamiento gallardo y vanidoso a un enemigo natural, mientras en su entorno todos se rinden. Puede leerse entonces un sutil mensaje político expresado en un emblema de la nación.

Este escenario bucólico idealizado aparece con frecuencia en la tradición cancionística: «Valle plateado de luna, / sendero de mis amores, / quiero ofrendarle a las flores / el canto de mi montuna» (Julio Brito: El amor de mi bohío). Gracioso es encontrar dentro de las postales paisajísticas plantas muy poco «poéticas»: Cita en el platanal, de Luis Marquetti, expresa: «¡Ay!, esta noche voy a esperarte, / mi jibarito, en el platanal», aunque este sembrado quedó tal vez más en la memoria gracias a El platanal de Bartolo, de Chepín Chovén.

Este mismo recurso aparece mezclado en dos plantas emblemáticas de nuestras sitierías: la caña y el tabaco. La coincidencia ocurre en La caña brava —de la autoría del inmortal dúo de Celina y Reutilio—. En el texto se ejemplifica la vida displicente de una mujer con el proceso de la caña de azúcar y el uso común del tabaco, dándole una connotación sexual: «Porque tu hermana cortaba caña / con la cintura en Oriente, / y en Miranda quemó un potrero / con su espalda tan caliente. / En Sagua se vio la llama, / y en Baracoa el calor. / Jesús, qué mujer tan brava: / es más ardiente que el sol. / En la zafra pasada vino, / probó de fumar tabaco / pero en esta vino diciendo: / “Lo mismo fumo que masco”». En Tabaco verde, de Eliseo Grenet, se sublima la planta con gran lirismo. Una visión más amarga tuvo Rodolfo Ferrer en unas décimas —musicalizadas luego por su sobrino Pedro Luis bajo el título de Al son del pitazo—: «La caña con su maraña / sal se volvía: era sal / que iba minando mi mal». En la euforia del triunfo revolucionario Eduardo Saborit dignifica a la popular gramínea con los versos: «Lindo es mi cielo; / lindo es mi mar; / lindo es mi verde / cañaveral».

Es en la canción romántica donde aparecen más muestras de la flora, casi siempre como elemento referencial en las distintas estructuras literarias:

Son, por supuesto, las flores las que llevan la primacía en estas composiciones, ya les toque servir de trasfondo o de pretexto para desarrollar una historia amorosa. Así, como testigos del amor o el desamor, tenemos las Dos gardenias, de Isolina Carrillo; muy cerca de esta intención está Una rosa de Francia, de Prats y Gravier: «Aquella rosa de Francia / cuya suave fragancia / una tarde de mayo / su milagro me dio». Como especie de parábola, aparece La rosa roja, compuesta por Oscar Hernández: «Brotó de mis dedos / la sangre rojiza / de un rojo tan vivo / como el de la flor, / y dije enseguida: / “Amor con herida, / qué dulce dolor”».

La rosa también hace de recurso comparativo en otro móvil amoroso: «Como el perfume, como la rosa, / así era ella; / como lo triste, como la lágrima, / así soy yo» (Ella y yo, de Oscar Hernández). La paradoja con la herida vuelve en Flor de ausencia, de Julio Brito: «Y, al mirar tus ojos, / veo convertidas / en flor las heridas / que otro amor dejó». Tal vez en el extremo de estas comparaciones negativas estén las Flores negras, de Sergio de D’ Karlo, traídas por un destino adverso. En Silencio, de Rafael Hernández, se anima lo vegetal con sentimientos: «Silencio, que están durmiendo / los nardos y las azucenas; / no quiero que sepan mis penas / porque si me ven llorando morirán». Flor de venganza —anónimo que ha vuelto a la luz en las conmovedoras voces de las camagüeyanas hermanas Faez— presentan un huerto donde las flores cumplen roles de sentimientos: «En tu huerto sembré flor de amores, / y flor de dolores / en tu huerto encontré. / En tu huerto sembré la esperanza, / y flor de venganza / tu huerto me dio». En otra joya de la trova tradicional —Entre flores, de Cristóbal Bale— se compara a la mujer directamente con una flor, en el estilo más usual de la época: «Son tus labios dos pétalos de rosa». Sucede muy parecido en Marta, de Moisés Simons: «Marta, capullito de rosa; / Marta, del jardín linda flor».

Más acá en el tiempo, una composición de la caibarienense Josefa Caviades titulada Cómo cuidé mi rosal, pone al jardín como resguardo del recuerdo de amor. Murió la flor —enorme y difícil canción de Rembert Egües— compara la decadencia y muerte lenta de un amor con el marchitar, pétalo a pétalo, de una flor.

Contemporánea de estas es Mariposa, de Pedro Luis Ferrer. Aquí el motivo está centrado en un insecto representativo de la belleza, pero con una existencia vital muy ligada a las flores, sobre todo a las rosas, palabra con la que le es posible armar una rima y una hermosísima conclusión: «Me lo dijeron las rosas: / eres tú su libertad».

El árbol es otra referencia constante en este cancionero. Muy popular resulta ¿Y tú que has hecho?, de Eusebio Delfín —conocida como En el tronco de un árbol—, de nuevo aquí el elemento natural es testigo de la historia romántica. Un lugar de cita y rememoración puede hallarse debajo de un llamativo árbol como el flamboyán (Allí, de Pedro Flores) o detrás de otro de un misticismo romántico, como el tilo escogido por Leonardo García en su canción ganadora del primer premio en el concurso Adolfo Guzmán 2007. Árboles tan simples y anónimos como el algarrobo, y «hasta la mata de jobo» sensible, están en la sitiería descrita por Rafael López. «El algarrobo enseña el corazón: / sombra de mi nobleza», también de Leonardo (Sombra de mi nobleza), nos vuelve a ese frondoso habitante de nuestros campos.

El árbol está como símbolo en canciones más reflexivas. En La novia que nunca tuve, de Pablo Milanés, se dice: «Tuve un árbol, pero se secó»; esta muerte de la naturaleza se compara con la pérdida del amor. Otra de Pablo en coautoría con Silvio Rodríguez, Donde te encontré, afirma en un verso: «Donde te encontré ha crecido un árbol», aquí, a la inversa, el árbol eterniza el hecho del nacimiento. En Hoy no quiero estar lejos de la casa ni el árbol, de Silvio, la planta representa, junto a la casa, una meta afectiva de las pasiones en un momento puntual de la existencia, mientras El rey de las flores y Días y flores, del propio autor, sitúan una referencia de la pureza y la ternura, como las flores, en medio de una situación extremadamente dramática, tal vez con la intención de resaltar lo paradójico del mal.

Como en el caso de los animales, cuando en Cuba una planta es el motivo directo del canto, este generalmente está dentro de los géneros llamados bailables, y el texto se narra de forma festiva. Mata ciguaraya— mundialmente conocida por obra de ese mito de la música cubana, Beny Moré—, es un buen ejemplo, que, además, recrea la práctica religiosa afrocubana de rendir culto a elementos de la naturaleza. Otra composición muy popular en voz de otro indiscutible punto alto de nuestra música, Celia Cruz, es El yerberito, pregón que se inspira en una costumbre cotidiana del pueblo; muy parecida en su género a Frutas del caney, del multifacético Félix B. Caignet. Vegetal intrascendente, el quimbombó, alcanza notoriedad cuando «resbala pa’ la yuca seca», en un estribillo que ha servido de calzo a no pocas composiciones ritmáticas cubanas. Dentro de la más auténtica gracia está dicho por Juan Formell: «Dale calabaza al pollo que / si no tú te buscas un rollo, buey».

Roly Berrío, trovador santaclareño, es sin dudas el heredero más fiel de esa escuela fundada y asentada por Miguel Matamoros, Ñico Saquito y Pedro Luis Ferrer. Parte de su obra la ha desarrollada partiendo del choteo, la burla, y otros recursos, así como el rejuego con el lenguaje, para fustigar graciosamente conductas y costumbres del entorno humano contemporáneo. Su apelación a la fauna, sobre todo la más grotesca, demuestra su fuerte apego a la tradición. La cucaracha y Yo no como jicotea, son dos muestras de ello que cuentan con un visible arraigo de público dentro de su amplia producción autoral. No tan atendida es, sin embargo, otra faceta de Berrío, la filinera. En El patio —uno de sus primeros temas— recuenta entre las referencias de su nostalgia al guayabo que «está muy alto», completando una de las más bellas composiciones del cancionero contemporáneo. Pero entre los temas más solicitados a Roly destaca uno dedicado a un humilde vegetal, que solo en esta peculiar visión alcanza dignidad y hasta poesía: la habichuela.

 

Habichuela:

solo un poquito de agua con candela,

remedio chino, hierro pa’ las venas,

para la Pinta, la Niña y la Santamaría,

junto al incienso y a la mirra del niño Jesús,

para soportar la cruz

y la melena de Sansón Melena;

pa’ que a las sirenas les crezca la cola,

y los jubilados prendan la victrola.

Habichuela…

Judas no la llevó a la Última Cena.

Habichuela…

si quieres ser un Hércules o un fiera.

¿Pa’ qué?

Pues pa’ sacarle la lengua al jinete del hambre

sin que te lleve a galope hasta el Armagedón.

Niña, suelta el biberón,

vete chupando los de’os

porque es la habichuela caldo de hermosura,

dulce satería,

foto en dentadura..

Habichuela…

Popeye le fue infiel a la espinaca.

Habichuela,

no vayas a creer que es cualquier mata:

los amantes de Pompeya

la tuvieron por afrodisíaca;

los rebeldes al collar

le imponen sus semillas

¡De dónde tú crees que viene

tanta y tanta poesía?

Pa’ que la miseria se sienta orgullosa.

Pa’ que la pobreza sea beneficiosa.

Pa’ que la miseria se sienta orgullosa.

Pa’ que mi pobreza tenga olor a rosa.

Vendedores, vendan habichuela

como gallo de pelea.

Flacundangue, nadie quiera ver

lo que el viento se llevó:

el viento arrasó con to’;

se llevó la tendedera,

pero a mí no me llevó

porque yo como mañana y noche habichuela.

 

 

 

 

 

 

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