LA “PRUEBA MALA” DEL IDIOMA MATERNO

La lectura es el método infalible para el aprendizaje de la lengua materna, su correcta escritura y formas correctas del habla.Los universitarios «ponchan» por su lengua. La afirmación nada tiene que ver con los chismosos, que, al final, sucumben por el vicio de hablar lo que es o lo que no es. En este caso, resulta una realidad por el temor que se propaga entre estudiantes de las sedes universitarias, pendientes a un examen de Español que determinará su graduación o no en la carrera que cursan.

Reproduzco nuevamente un comentario de mi colega y amiga Rayma Elena, publicado en la edición sabatina de Vanguardia, a propósito del examen de lengua materna que se le exigirá a los estudiantes de nivel superior de cualquier carrera, como parte de una serie de cambios anunciados por el Ministerio de Educación en el próximo curso escolar.

Y entre las necesarias transformaciones en aras de elevar la calidad de la docencia y la formación de los futuros universitarios, se incluyen la evaluación del dominio de nuestro idioma. Sin embargo, el hecho ha sorprendido y asusta como si se tratara de una lengua extranjera, o de la más difícil materia de una determinada especialidad.

La causa es que el Español se ha quedado como materia válida e imprescindible solo para quienes estudian carreras afines. De cierto modo, nos olvidamos de que comunicarnos hábil y correctamente en nuestra lengua, constituye un elemento imprescindible para trasmitir los más vastos conocimientos que puedan tenerse sobre determinado campo profesional.

A veces, por ejemplo, nos toma tiempo tratar de descifrar los correos electrónicos enviados a sus familiares por universitarios que cumplen misión en diferentes lugares del mundo. No siempre el acceso a la comunicación es fácil, pero, amén de la premura con que se escriben, a quienes los leemos y trasmitimos como intermediarios, nos inquieta saber cómo profesionales excelentes en su medio desconocen elementales reglas de la ortografía y la redacción.

Incluso —y sobre el problema me llamaba la atención una colega—, en teleclases destinadas a consolidar conocimientos para las pruebas de ingreso a la Universidad, la televisión cubana ha difundido errores ortográficos. Ni hablar de algunos subtitulajes de películas, que nos piden perdonar, porque no son realizados en Cuba.

Cuántas anécdotas podrían sumarse para dar validez a la medida que por estos días mantiene en vilo a muchos jóvenes a punto de diplomarse. Recientemente, un profesor de una sede universitaria de Ciencias Médicas me contaba que varios de sus alumnos habían manifestado su intención de abandonar la carrera, sabedores de que no podrán pasar la prueba de fuego que se les avecina.

Un estudiante de mayor edad —no de los más atribulados, aunque con cierto temor— me comentaba que es lógica la preocupación del país, pero que después de tantos años sin abrir un libro de Español, resulta bien difícil.

Mientras, un profesor de una sede municipal se sentía complacido porque, al fin, se decidió poner orden a un asunto que minimizamos, incluso, con una excesiva benevolencia en las calificaciones. Algo que no ocurría antes —recordábamos varios amigos a los que todavía nos duele la tilde o la falta de ortografía que nos costó un punto en un casi impecable examen, o nos dejó en tres una nota en la carrera.

Pero no se trata de que los estudiantes abandonen las aulas o tengamos miles de pendientes por graduarse. Por algo, y en algún momento, hay que empezar; solo, que, obligatoriamente, otras transformaciones tendrán que garantizar la continuidad y permanencia del empeño. Una prueba ahora, bien, ¿pero mañana? ¿Y los que ingresarán a las aulas?

Son loables las decisiones ya puestas en práctica en la secundaria básica, para que los alumnos escriban, con su puño y letra, los trabajos que antes se «armaban» cortando y pegando de internet (en los que también hay faltas de ortografía, que conste), sin apenas leer lo que luego se imprimiría.

Porque también la caligrafía, y bien lo saben quienes revisan exámenes, tendrá que hacerse más legible. Aun cuando, ateniéndonos a las circunstancias, se acepte utilizar «letra de molde» en lugar de la cursiva que tantas trazos nos obligó a repetir en nuestros primeros grados.

En fin, que no basta con que el español: la ortografía, la redacción… sean solamente una «mala prueba» que todos tendremos que pasar, y aprobar. Lo decisivo será que, después del susto, nuestra lengua no siga siendo una asignatura pendiente para universitarios temerosos de «morir» por su propia lengua.

Fuente: Periódico Vanguardia

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