CENTENARIO DE FÉLIX PITA RODRÍGUEZ

Félix Pita Rodríguez en su primer centenario.El centenario del destacado escritor cubano Félix Pita Rodríguez (1909-1990) —poeta, narrador, ensayista, periodista, traductor y crítico literario— fue recordado hoy. Importantísimo autor cubano que se distingue por su manera de contar, su lírica narrativa, su dramaturgia breve y sus cuentos, escritos con un lenguaje concreto, que enriquecen su obra. A continuación, una muestra de su poesía:

CÉDULA

No sé si alguna vez fui un cerezo silvestre.
Tal vez fui nieve, mirto, vilano, lluvia fina;
acaso un verde, trémulo, insecto del rocío.

No sé si alguna vez fui un cerezo silvestre,
pero a veces un ámbito de ramas en el viento,
cierta expresión de alturas debatiéndose.

Acaso allí.

No digo que no fuera, ni digo que es posible:
estoy contando cosas que no tienen remedio.

RETRATO

Un candor cierto por la persistencia de tu tesis
brillante;
un candor y otras cosas que no pueden nombrarse.
Ciertos pájaros claros de evidencia metálica;
cierta anfibia manera de pronunciar la erre,
y una sombra y su acento de haber perdido siempre
varias frutas maduras.
Eso va delatando, como un jardín cualquiera,
tu sentido del tacto.

El color amaranto no te va bien volando.
Te recoge, te ciñe, como un color guerrero.
Y más que no recuerdo.

Parlamenta, convence. Tu ternura sin ruedas, sin
ángeles
ni cintas, de placidez de alfombra, puede sacar
partido.

Y es lo que no se espera lo que tiene remedio,
lo que puede ser cierto.
Una muerte tan dulce siempre llega a destiempo,
entre el doblado miedo, jícara persistente
donde tu corazón guarda mis arrabales.

¡Oh, mi dulce hoja verde!

CIERRA LA PUERTA, AGUARDA

Cierra la puerta, aguarda.
Llegará lo que esperas cuando ya no lo esperes.
Ponte en el corazón la verja más segura.

Que no entre nadie, nadie, no hay sitio,
está ocupado hasta el rincón más alto,
donde la última estrella
viene en la madrugada a lavarse las manos.
Cierra la puerta, espera:
te ha de nacer un día el azar más seguro,
y tú serás su dueña.

FÉLIX PITA RODRÍGUEZ, MÍSTICO CIVIL
Por Luis Sexto

Pita Rodríguez nació el 18 de febrero de 1909, en el pueblo de Bejucal, al sur de la ciudad de La Habana, el poeta y narrador Félix Pita Rodríguez recibe ahora, al redondearse su primer centenario, la gratitud por haberse erigido como una presencia insoslayable en la conciencia de la nación.

Solo ocurre con los escritores que trascienden las cercas del individuo y se amasan con los dolores, las aspiraciones, la historia de su pueblo. Y de voz personal, se transforman en sonido, voz, lengua patria

Félix comenzó enamorado del Hombre; quiso interpretarlo en su porción invisible, en esos resortes de la conducta que a veces son un misterio. Era, así, un filósofo a lo popular: buscaba el hombre y recaló en la indagación de Juan Pueblo, Juan Desposeído, Juan Pobre, la forma doliente de ser hombre. Y viajó aparentemente impelido por el afán de parecerse a algún personaje aventurero de Salgari.

En realidad, el vagabundeo por el planeta fue el impulso natural de su humanidad. Sus libros son trasunto de la experiencia en un callejón místico en Guatemala o en una posada marginal de Veracruz.

Nunca se embarrancó o temió el naufragio. Poseía la escalera para subir y aposentarse en el cuenco del humanismo popular, que lo convirtió en filósofo de la lucha y el cambio. La sensibilidad -aguzada, fantástica escalera- le despejó cualquier nubarrón vanidoso y le cortó a tiempo el ombligo como pecado original. Para él, como poetiza en Las crónicas, la vida era como estarnos “jugando nada menos que todo lo que debe ocurrir mañana”. Su divisa era una toma de posición humilde y doméstica: “Servir es más preciso que brillar”.

Y no mentía. Lo certificaba su militancia en el bando de los intelectuales angustiados por la suerte del Hombre en el Madrid asediado durante la guerra civil o en el París adonde recalaban los perseguidos del fascismo, o en La Habana lacerada por la tiranía de Batista, y más tarde, encendida por la fe en la revolución de 1959.

La revolución le insufló de una nueva juventud. Y con Las crónicas: poesía bajo consigna, Félix Pita Rodríguez olvidó sus deudas formales con el vanguardismo y el surrealismo, y se insertó en una poética cuyo compromiso con la revolución pasó del espíritu a la letra. Nunca como en ese momento de 1961, obra y hombre se soldaron en una irradiación unánime. El joyero de versos engastados con cinceles que esterilizaba en los vapores del lujo verbal, renuncia a comprar una parcela en los terrenos de la posteridad y se abstiene de levantar “un edifico de nieblas, / construido utilizando materiales del sueño, / sombras del subconsciente, / ni purezas definitivamente puras”.

En ese libro –coloquial y enfático, épico y lírico, arisco y dulce a la vez- el poeta desenmascaró el fantasma del panfleto. Durante siglos se pretendió apartar la poesía de las urgencias de la historia. Panfleto y su derivado panfletario adquirieron fama de soeces y fueron reputados como sinónimos de miseria estética. Félix también lo reivindicó. La poesía –nos quiso decir- acompaña al hombre en el amor o el dolor, la pérdida o la ausencia, pero no pueden agitarse campañas sociales sin el poema que impulse a la lucha entre el barro de las trincheras o el calor de las plazas repletas, y recoja, en auténtica palabra, en interiorizada metáfora, el empeño unánime del pueblo.

El pueblo lo “leyó”, sobre todo, en la radio. Fue uno de los escritores que aprovechó las posibilidades masivas del entonces reciente invento. Y en la década de 1940, se convirtió en uno de los autores dramáticos más destacados del circuito CMQ, al adaptar textos literarios al lenguaje radial o dramatizar las noticias como en la “soap opera”.

Poemas, cuentos, estampas surgieron en el transcurso de su obra, que terminó con la muerte del poeta el 13 de octubre de 1991. Sus cuentos, más que historias, son indagatorias en el alma humana. Libros de cuentos –como San Abul de Monte callado y Tobías- donde “no pasa nada” en el exterior, pero dentro de sus personajes se libra un drama colmado de contradicciones, de puja entre el bien y el mal, el deber y el placer, en una prosa que jamás renuncia a arroparse con la poesía. Y Félix Pita Rodríguez, poeta de resonancias místicas, de espiritualidad civil, es recordado hoy en Cuba por haberse negado a escribir, como decía Tobías, su personaje arquetípico, “historias llenas de pajas”.

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