MERCEDES RODRÍGUEZ: UN PACTO INDESTRUCTIBLE CON EL PERIODISMO

Mercedes Rodríguez, experimentada periodista y profesora universitaria.La jornada por el Día de la Prensa Cubana (14 de Marzo) motivaron al periodista Luis Machado Ordetx a entrevistar a su colega Mercedes Rodríguez García, quien hace unos días recibiera Mención del Concurso Juan Gualberto Gómez, un reconocimiento que entrega la UPEC por la obra periodística en el 2009.

La humildad y la infatigable disposición congénita por la curiosidad, la investigación, la lectura y el orden de las cosas dispuestas a su alrededor, impregnan la locuacidad de su conversación. Tal vez sea por estar «tocada» por un ala mágica durante el nacimiento, aquí en Santa Clara, ocurrido el último lunes de noviembre de 1951. Aquí los dejo con Mercedes y Luis en este mano a mano de amigos y hermanos en la profesión, cuya publicación honra al blog Alocubano.

LA PASIÓN SEGÚN EL PERIODISMO

Por Luis Machado Ordetx, para el periódico Vanguardia.

Fidel conversa con Mercedes Rodríguez, en un encuentro informal ocurrido durante el VII Congreso de la UPEC.La mañana no es destejida por un solo gallo, decía el pensador Cabral de Melo Neto, y eso ocurre con marcada frecuencia en el periodismo y en otras profesiones. Sin embargo, en la nuestra, el método de laboreo y la armonía interna de la frase escrita o hablada, obligan a contemplar la verosimilitud de aquella frase de Cicerón, cuando declaró que «Los hombres son como los vinos: la edad agua los malos y mejora los buenos». Es verdad de Perogrullo, y así percibo a la colega María Mercedes Rodríguez García.

De su sed martiana, y del ofuscamiento en defensa de los argumentos, hasta propiciar la razón, la reconozco desde  hace más de cinco lustros en ejercicio permanente dentro de la Redacción de Vanguardia. Ella, con su delgadez extrema, se antoja como un «gallo» en clarinada; también en componer un texto para las páginas del diario, y en rebuscar en las esencias del estilo —en definitiva la forma—, con el propósito perfectible del discurso que recibe un destinatario común o exigente.

Con hablar rápido, como si caminara a zancadas firmes entre un terreno movedizo, esta mujer despojada de cualquier misterio que entrañe la vida, habla sin ningún recato con el más anónimo de los transeúntes. De ese modo proyecta el conocimiento a partir de la curiosidad del que aprende a cada instante.

Vino a la Redacción en calidad de secretaria de la Dirección. El espíritu por crecer la envolvió en una constante superación profesional, hasta que, en poco tiempo, se involucró en el mundo de la escritura, en el universo reporteril, el aprendizaje teórico, las discusiones, y la rectificación de los «tiros» que obligan el tiempo, la familia y el diarismo.

La humildad y la infatigable disposición congénita por la curiosidad, la investigación, la lectura y el orden de las cosas dispuestas a su alrededor, impregnan la locuacidad de su conversación. Tal vez sea por estar «tocada» por un ala mágica durante el nacimiento, aquí en Santa Clara, ocurrido el último lunes de noviembre de 1951.

La jornada por el Día de la Prensa Cubana y la reciente Mención del Concurso Juan Gualberto Gómez —reconocimiento que entrega la UPEC por la obra periodística en el 2009—, incitan a escarbar en los vericuetos de la profesión, al intercambio de pareceres teóricos, a las puntualizaciones en torno a la docencia, al despojo de antifaces, a la precisión y la urgencia creativa del escriba.

Hoy no anda mi colega inmersa en palabras con devaneos. Jamás lo consideraría de su agrado. Tampoco imparte una clase a los estudiantes universitarios; mucho menos, redacta un texto para Vanguardia o la bitácora personal:  lateclaconcafe.blogia.com.

Ella está urgida en atenderme, y anda desprovista de la acostumbrada bufanda que la protege de la frialdad de estos días. No quiere del coqueteo perturbable de las palabras, y en el pacto tiene una exigencia: el olor y el humo del insustituible cigarro y el aroma del café, considerados dos nocivos «atributos» que la cualifican.  Entonces, hablemos de periodismo, de docencia y, también, de la vida.

 HACER DEL ESCRIBA

—¿Hay exquisitez por el diario, aun cuando «nada hay más viejo que el periódico de ayer»?
—En el buen periodismo predomina lo contingente —como decía Carpentier—, se trabaja en «caliente». Pero existe otro porcentaje planificable. Soy perfeccionista y hasta en lo caótico trato de imponer el orden. En un medio de prensa, como en cualquier otro centro, debe primar la tendencia a mejorar indefinidamente el trabajo sin decidirse a considerarlo acabado. Nada humano es perfecto, así que tampoco lo podrá ser un periódico. La perfección es solo el camino obligado hacia una meta.

—¿Y la calidad de un periódico?
—No te voy a hablar de parámetros porque los lectores no van a entender los tecnicismos; así que recurriré al símil. Siempre digo que las casas se parecen a sus dueños. Para mí lo más importante de un periódico es la redacción, considerada por muchos el corazón de un diario, el horno donde se cuece el pan, cuya calidad depende básicamente de la materia prima; mas también de que se cumpla lo normado para el resto de los ingredientes. Hay pan de corteza dura y pan de corteza suave, por ejemplo. Cada cual requiere de un tiempo y de una temperatura de horneado exactos.

El otro factor, tal vez el más importante, es el panadero, que puede ser experto o inexperto, joven o viejo, pero sobre todo honrado. Se trata de un encadenamiento inviolable. Un solo eslabón que se rompa echará a perder la camada.  Y como las panaderías trabajan a toda hora y para toda la población, sus administradores y jefes de turno han de permanecer atentos a un proceso que parece simple, por cotidiano y rutinario. ¡Nada tan alejado de la verdad!

El rostro de Mercedes se contrae; sabe de la compenetración, de los años de relaciones profesionales, de la amistad que entraña y obliga el tiempo, de la lealtad y de la interrogante disparatada o razonada  que un periodista suele hacer, impuesto de que «no hay pregunta más tonta que aquella dejada de hacer» en el sitio y el momento menos oportuno en que brote una idea. Los labios de mi colega se aprietan; su mentón tiende a lo prominente cuando escudriño:

—¿A quién(es) de los colegas recuerdas con agrado a la hora de redactar en la inminencia del cierre?
—Soy de las personas que no olvidan ni a uno solo de mis colegas, ni muertos ni vivos, ni activos ni jubilados. Cuando entré a Vanguardia tenía 23 años y ya voy a cumplir 59, así que he enterrado a más de una docena y he despedido a otros tantos. Sin embargo, siempre recordaré a tres hombres y una mujer que fueron mis paradigmas, como seres humanos y como profesionales: Otto Palmero Rodríguez, Roberto González Quesada, Miguel Ángel Pérez Cuéllar y Mirta Azalia Silverio. Yo aprendí de todos, y aun lo hago de mis alumnos, de mis lectores y hasta de mis familiares, que son mis jueces más severos. El aprendizaje nunca termina y es infinito mientras vivamos.

Otra duda asalta. La embisto para indagar más; bien sabe ella, y reconozco, las dificultades subjetivas que provocan el intercambio público entre dos periodistas. No queda otra opción:

—¿El diarismo reside en tu escritura?
—Vivo el día en el amplio sentido del término. Detesto dormir y hasta comer porque los considero una pérdida de tiempo. Vivo a un ritmo muy intenso, y disfruto cada segundo aunque sea de amargura. Me nutro hasta de la rabia, las incomprensiones y el dolor ajeno. Nada me resulta indiferente. Escribo como vivo y vivo como escribo.

Pero la dejo aún más con la boca abierta en otra de mis disquisiciones:

—Cuando (in)voluntariamente aparece un dato falso, un error, un dislate, ¿cómo lo sufres?
—Aunque los años me han enseñando a tomar con alma este tipo de situación, si no es por mi culpa, monto en cólera; si fui yo quien metió la pata, me dan ganas de tirarme por el balcón, ¡y vivo en el último piso de un edificio de doce plantas!  He cometido pifias y deslices, pero nunca errores graves. Fuera injusta si no reconozco unos cuantos «salvavidas» que me han «lanzado» las correctoras.

Y…

—De los textos publicados, ¿el de mayor alegría? ¿Y el de grandes sinsabores? ¿Por qué?
—Disfruto todo lo que escribo y le pongo el corazón hasta en una gacetilla. Para mí escribir es como una pelea de boxeo; hay veces que termino noqueada, pero feliz. No me arrepiento de una sola palabra de las millones de millones que he escrito, y no escribo nada de lo que no esté convencida. En nuestra profesión abundan los sinsabores;sin embargo, también hay ratos memorables. Me gusta el periodismo que incomode y me incomode. No guardo ni más ni menos cariño a uno u otro trabajo. Todos, como mis hijos, llevan mi apellido, y los disfruto más allá de ciertas malacrianzas.

—De los géneros, ¿cuál te cualifica?
—La entrevista de personalidad, desde que la pienso hasta que la escribo. Soy muy conversadora y elocuente, investigadora y cuestionadora por excelencia. Es el género para descubrirle el corazón a la gente. Y no te lo van a mostrar si antes tú no le muestras el tuyo.

—Los lectores, ¿qué son?  ¿Cómo llegan sus rumores?
—Cuando escribo solo pienso en los lectores, que son nuestra razón de ser, y que para mí carecen de rostro; «acomodo» el lenguaje, algo muy importante para que el mensaje llegue rápido y directo; sin diferenciar, incluso, allí dónde esté el receptor que también puede ser «internauta», en el caso del llamado periodismo digital.  Abogo por estudios científicos de percepción, recepción e imagen, aunque resultan difíciles y costosos. Pero andamos en la calle, ¿no? Te llaman por teléfono, te escriben. Muchas veces yo misma le pregunto a mis amistades, vecinos, profesores y estudiantes de la Universidad.

En el pacto discursivo, observo en la sala de la casa a mi colega en una foto en la que Fidel la escucha durante uno de los recesos de las sesiones del V Congreso de la FELAP; conversaban de medicina, de los tiempos en que ella dejó truncos los estudios de esa carrera, y también de las transformaciones que ocurrirían en el país con un ejército de galenos dispuestos al servicio de la humanidad. Era 1986, y el escenario, el Palacio de la Revolución. Sé de su devoción por Martí, de las lecturas constantes de la más trascendente de las literaturas, de la interpretación de los rostros de las personas, de las investigaciones teóricas sobre el periodismo de Fidel antes del asalto al Moncada. Entonces, la conmino a otra definición:

—¿Qué representa el líder; también el periodista y pensador?
—No te voy a hablar de sus características de líder ni de sus genialidades ni de su humanismo ni de otros tantos caracteres descritos ya por grandes personalidades. Para es mí es un caballero valiente, animoso y pujante con un energía que parece exceder y desafiar a las fuerzas naturales.

RESUCITADA INSPIRACIÓN

En las acostumbradas tertulias informales, tanto en su hogar como en la calle, siempre persiste una reprimenda:

—¿Hasta cuándo dormirán los libros de poesía y de testimonio el sueño inconcluso en una gaveta hogareña?
—No están dormidos; reposan para ver si aumentan de peso.

—La poesía, ¿inspira o aparta del periodismo?
—No concibo la vida sin poesía. Tampoco se puede forzar. Se lleva adentro y sale sola. No todos la ven, pero se mueve. Quien en ella se inspira es de algún modo un ser superior.

—¿Cuál libro escribirías de urgencia?
—Sin chovinismo: mi autobiografía novelada. Sería un best seller. Descubriría a mucha gente y revelaría no pocos secretos, ajenos y propios.

—La familia, ¿qué representa?
—La familia constituye un soporte para edificar un rascacielos. Cuando le sobrevives, es el mejor recuerdo, una nostalgia infinita y perenne, aunque en mi caso a veces me ha resultado una «carga pesada».

—Dices que «mueres con las botas puestas»; ¿cómo la auguras en la distancia?
—No la espero; ¡que me sorprenda! De algún modo ya estoy clonada. ¡Que llegue cuando tenga que llegar! Como le digo a mis alumnos: «Ya crucé el Pacífico y el Atlántico». Dios me dio la vida para vivirla y la muerte para morirla, aun cuando de esta última nadie ha retornado para contarla. Te juro que haré todos los esfuerzos posibles por regresar, así que espérenme con una taza de café, una caja de Populares y una botella de Havana Club.

UN DISCURSO DESEVELADO

En el aula, por improvisada que sea, Mercedes erige siempre una tribuna para enseñar con modestia lo poco o lo mucho que sabe de la poesía de la vida; del periodismo y su teoría; de los quebrantos y anhelos espirituales; de las devociones por los cursos de la historia. Por supuesto, en la docencia, también su voz y ejemplo imponen un gozo, un reto inclaudicable dentro de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, institución que la acogió como uno de los más anónimos profesores cuando se inauguró la carrera de Periodismo hace más de un lustro en ese centro de estudios.

—¿Muéstrame momentos trascendentales?
—Todas y cada una de mis clases, los trabajos de diploma que he tutorado, sus defensas, y, finalmente, el día que reciben sus títulos los estudiantes que he contribuido a formar.

—Las asignaturas difíciles, esas qué tienen que ver con el periodismo impreso, llevan la preferencia y el criterio teórico; pero ¿existe en Cuba periodismo de investigación?
—Estaría por probarse científicamente y en eso ando. Ya tres de mis alumnos me han adelantado algo en sus tesis de grado. Tal como lo define la teoría, no. Habría que redefinirlo a partir del contexto cubano. Aquí lo que se hace, cuando se hace, es el llamado reportaje en profundidad y ya sabes que la apnea que produce ese tipo de inmersiones. No abundan las Deborah Andollo.

—Hay un reto en esa dualidad de docente y de periodista; ¿por qué de ese gusto?
—En el fondo soy una gran romántica. Cuando amo, amo intensamente y me dispongo al sacrificio. Soy martiana. Para mí la docencia ha sido la dosis necesaria de energía, de revitalización para asumir los retos constantes del periodismo. Aunque soy mujer tengo ya muchos hijos regados por el centro de Cuba…, y un poquito más allá.

—Si volvieras a nacer, ¿serías periodista, abogado, médico o policía? ¿Por qué?
—Periodista, porque reúne un poco de las cuatro: defiende y encausa, ausculta, dictamina y receta, y aunque no siempre las encuentra, busca pista. Pero tal vez, como respondió el escritor norteamericano Truman Capote a Marcel Proust, decida volver como una mariposa porque muerta conserva sus colores de la misma manera que me gustaría conservar el color de mi trabajo.

Cierro un  diálogo fraterno; una satisfacción provocativa, desde el periodismo hasta la óptica teórica, y también hacia la vida. A diario Mercedes Rodríguez García encara esas virtudes en el instante en que descubre una «cuartilla» en blanco y decide «cincelar» con sinceras palabras la información que destina al más anónimo de nuestros lectores. Entonces, su Pasión, incitará otro encuentro.

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