COMO UN PEZ EN LA ORILLA

Una de las últimas fotos de René... lo vemos acompañado de un grupo de escritores villaclareños.
A la memoria de René Batista Moreno.

No sé puede esperar a “la bella muerte”, ni puede ser bella quien se lleva a uno de mis mejores amigos, el que mejor me trató, quien mejor me quiso. El maestro, porque de él aprendí a valorar el sentido de las tradiciones, de esa cultura de tierra, de guajiros y también de la que tienen la semilla como luz hasta debajo de la sombra; el rostro con la que la cultura de una nación se mide, no por poses, falsos arribos a tierra de nadie; un rostro cultural que como identidad pudiera sostenerse después del carnaval, y definir mejor, por la vara con la que el manto de la tierra que pisábamos traía la fertilidad de la memoria.

René Batista en su casa de Camajuaní.Un amigo que ha muerto allá lejos, pero que vuelve al nacimiento de inmediato, porque, quién se atreve a olvidar a René Batista, al jocoso, al serio, al pensador, la persona que siempre me decía: “se debe trabajar en un proyecto mientras otros reposan, pero en ese reposo, uno debe estar alerta, porque si conocemos de una pista, un dato sobre lo que investigamos, no es cuestión de dejarlo para después, es bueno ocupar el tiempo en todo lo que haces, concentrarte”.

Por Juan Carlos Recio

Con René Batista aprendí no solo a valorar el folclor y la vida de los campesinos, no solo el valor de la narración oral, de la historia de Samuel Feijóo, también, aprendí de una zona difícil del periodismo investigativo, el consultar las fuentes y confrontarlas para estar seguro, el ir de nuevo al detalle, revisar como hormiga y finalmente reescribir. Luego, cuando pensaba que nuestra amistad literaria era nutrirse con su cultura, su biblioteca, el ir hasta su casa y sentarnos a conversar de su mundo, el amigo me sorprendió con una pregunta: ¿Por qué nunca me has leído uno de tus poemas? Y esa tarde tuve al otro René Batista, al poeta que se acercaba a mis primeros pasos en la poesía, (a mi sistema de existencialismo con metáforas) de cuando aún no había publicado un solo verso, cuando ni siquiera el taller literario me lo tomaba tan en serio.

Esa tarde, como si cortara con una tijera mis excesos de adjetivaciones, me habló de la importancia de ser conciso, me dijo que era cuestión de dejar fluir la palabra, de que estas no gobernaran mis ideas y lo más importante, no se desbocaran .Porque la poesía como la vida, no era cualquier cosa y mucho menos coser y cantar. De modo, que esa tarde entendí, la amplitud de un hombre que se acercaba a las generaciones que iban surgiendo sin cortarles el paso, sin sentirse lejos, como desde arriba de un trono; a él, le gustaba la idea del taller literario, de reunirse, de que los escritores no solo se escucharan, también pudieran enterarse de lo que hacían y de que fueran críticos.

Hasta hace muy poco, además de sus trabajos de investigación, sus presentaciones de libros en las montañas y de los premios y eventos, hace apenas unos días, René Batista, con ese poder de convocatoria del que nunca hizo alarde, reunía en la sala de su casa a escritores de varias generaciones, lo visitaban lo mismo Pedro Llanes, Alexis Castañeda, Yoel Sequeda, y muchos otros poetas y amigos, en el taller que desde su casa.

Parecía fusionar: vivos y coleando desde el centro de un mundo, donde la espiritualidad, la tradición, el pulir la hojarasca, el sentirse criticado, era una premisa; como lo habían sido todos aquellos proyectos antecesores, como las Ediciones Hogaño.

Casi todas las revistas Signos de los últimos tiempos me las hizo llegar, también Umbrales. Con gestos como esos, siempre enriquecía mi proyecto de incluirnos todos, de uno y otro lado, sin mediar distancias, y porque además, sabía que no he dejado de creer en el valor de esos encuentros, como supe que su presencia allí como anfitrión o como un exponente de sus trabajos, daba la vuelta de mis pasos, de regreso a esa sabiduría espiritual que se escapaba de cada foto enviada; presencia en la memoria, desde esta aparente lejanía: como un bálsamo, una cura (no de la nostalgia) o (de la sana envidia) que producen encuentros en ese blanco y negro profundo que fabrican las verdades, sino de los criterios con argumentos precisos, para validar o mejorar una escritura. Y sé, porque él me lo dijo: “la idea de reunirse en un taller de literatura, siempre tiene que ser seria, con la espontaneidad de confrontar, no andarse por las ramas, y mucho menos ciego de lo que piensan los demás de tus escritos, favorable o no, y tener como una mira por donde dirigirse al blanco” Por eso, las fotos de los encuentros desde esa sala trascendían, y llegaban a mi correo con la misma intensidad; como guijes, brujas o madres de agua; alguna que otra vez, hablamos de ello, y hasta escribí sobre su libro Cuentos de guajiros para pasar la noche. Y no sólo me ayudó a pulir esa crónica, me sugirió el título: Porque la memoria folclórica no muera, era su interpretación de mi lectura, y la idea de continuar la tradición, el gusto porque en ese rescate de los cuentos y leyendas, aún las más absurdas, y la oralidad, tuvieran el peso de muchos años de sacarlas a contracorriente, de que continuaran de una generación a otra. Me daba ánimos, porque creía entenderme y porque le gustaba saber que disfrutaba escribir sobre estos temas, porque aquellas conversaciones y aquel aprendizaje, no se fueron al viento, en ese regreso aplastante donde con un descuido, también esas costumbres se vuelven polvo.

Viví hace años en el mismo pueblo, de valles y parrandas, fuimos juntos, René Batista y yo, a ese taller, José Raúl García, que tenía lugar en otros sitios; pero de aquellos encuentros, donde (un Heriberto Hernández, un Arístides Vega, un Félix Luís Viera, un Ricardo Riverón, un Frank Abel Dopico un Jorge Luís Mederos, un Joaquín Cabezas, un Eduardo González, un Jorge Ángel Hernández,) donde todos solían hacer valer su critica sin que mediara amistad o currículo, hasta estos últimos talleres, (en la sala de su casa), no hay diferencia. Estoy seguro no es sentimentalismo geográfico de una tierra fértil para la buena escritura, es esa constancia que lo caracterizó, ese deseo de no sentirse fuera por el paso del tiempo, por el que muchos aprendimos a respetarlo, como en su libro sobre los Cien años de parranda, una investigación de rigor, una forma amena de comprender la historia de los barrios, sin llenar de colores baratos, una fiesta que más que pólvora y fuegos artificiales, más que adornos o cerveza cruda, es única,

En esos encuentros, que eran su forma de seguir su trabajo cultural, siempre se sentía a gusto, sé que celebraba la posibilidad por el que un grupo de escritores, con muchos libros o no (y otros que recién comenzaban), podían encontrarse en la búsqueda del valor de sus escritos, antes de pasarlos al horno, desde su estado primario, -de borrador- o -la primera relectura-, pero con la idea poderosa, como pez en la orilla, asomado a ese espacio de oxigeno que ofrece el mirar más allá de la ribera, del río o las fronteras de la comarca, por encima de cualquier tiempo adverso, o de otro compromiso que no fuera el estar bien con su conciencia, el hacer con prodigio un trabajo por el que muchos años después fuera reconocido, -y en esa tarea donde él no cedía-, recopilaba y confrontaba, sin dejar de usar un humor negro y un sarcasmo a tono con su modo de criticar y de mantenerse alejado de cualquier manipulación; nadie podrá decir que no tuvo una acción digna ante los contratiempos de sus amigos, mal vistos algunos, marginados de la vida cultural otros, pero René Batista, nunca cerraba sus puertas, aconsejaba y tenía un sentido práctico de hacerte ver las posibilidades de salir airoso o de que entendieras tus próximos pasos: “según te corresponda, hijo mío”; con él, consulté la idea de emigrar, fue él, quien me dijo que nunca dejara de buscar la forma de hacer una nueva vida, de cara a la nueva cultura, asimilarla sin olvidar mis raíces, ni a mis amigos; porque como él diría: siempre delante, hay un horizonte más claro, como uno, en medio del monte, que solo se puede alcanzar con laboriosidad, pero vivo y coleando…

Y también, porque en esas palabras, iban el sentido por el que orientó su vida, y la filosofía de no vivir nunca ajeno a la historia, –cómo ocurrió, o como la contaron, pero rescatarla del olvido, por muy localista que pareciera; él supo interpretar en ese lenguaje de campo, supo que no eran simples historias sin riqueza, supo encontrar su atemporalidad. Y por los espacios de luz que le dejaron, afrontarlo, en un largo tiempo donde todo era difícil, incluso su existencia, y siempre, ir componiendo un paisaje, su paisaje, día a día, sin que el tiempo gris o la más fuerte ventolera, lo aplastaran.

Juan Carlos Recio New York,
2 de Mayo del 2010.

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