PREMIO SER FIEL PARA RAMÓN RODRÍGUEZ LIMONTE

El Premio Ser Fiel fue conferido en el 2011 a Ramón Rodríguez Limonte.El Premio Ser Fiel, creado por el Centro Provincial del Libro y la Literatura, para reconocer a los continuadores y defensores de la obra de Samuel Feijóo, fue entregado a Ramón Rodríguez Limonte, uno de los más destacados artistas de la plástica de Villa Clara, como parte de las actividades para celebrar el Día del Libro Cubano.

En la Sala Caturla, de la Biblioteca Pro­vincial Martí, se reseñó la trayectoria de Rodríguez Limonte que ha dejado su impronta en imperecederas obras, entre las que sobresalen el Monumento a la Acción contra el Tren Blin­dado, el mural de piedra con la efigie del Comandante Ernesto Che Guevara, en la ciu­dad escolar que lleva el nombre del Gue­rrillero, y la estructura con la imagen del Güije, emplazada en una de las esquinas del Boulevard santaclareño.

Dibujo de Ramón Rodríguez Limonte publicado en la revista Signos número 59.Les propongo este artículo publicado por el propio Ramón en Signos número 59, donde rememora su colaboración con Samuel Feijoo, en la fundación de esa revista, con la cual ha mantenido estrechos vínculos de trabajo desde esa época: “Todavía recuerdo —dice— la tremenda alegría que nos proporcionó la aparición del primer número de Signos, con la especial y simbólica portada de un querido amigo, el sagüero universal, Wifredo Lam. Al poco tiempo del surgimiento de Signos, quedó demostrada la valía de su singular proyección literaria perfectamente conjugada con la gráfica más auténtica, ambos rasgos característicos del quehacer feijoseano”.

Foto: Arístides Vega Chapú

SIGNOS: UN PARTO ABRUPTO PERO FELIZ

Por Ramón R. Rodríguez Limonte

Signos no fue un sueño que se materializó, tal como le ocurrió a Samuel Feijoo con las revistas Ateje en 1950 e Islas en 1958. Signos fue el resultado de una inteligente solución revolucionaria para enmendar una decisión errada que desconocía una labor editorial sin precedentes en Cuba. A cuatro décadas de la aparición de la revista me he propuesto relatar, de manera sintética, cómo transcurrieron los hechos.

Samuel Feijoo había dirigido durante diez años la revista Islas y el Departamento de Publicaciones de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, lo cual, en su conjunto, representa uno de los trabajos editoriales más sobresalientes del siglo xx en Cuba. Allí se publicaron algunos clásicos cubanos y se hizo promoción de autores que posteriormente alcanzaron niveles cimeros en la cultura del país. Feijoo realizó y reflejó una investigación folclórica insuperable y trabajó con una intensidad, cantidad y calidad que yo no he conocido en otra persona. Lo hacía febrilmente y siempre sin recesar los fines de semana ni los días festivos, sin pensar en vacaciones; él no las concebía.

En una ocasión el propio Feijoo afirmó: «¡Mi trabajo es mi alegría! ¡Y por darme alegría me pagan! Mis vacaciones son de trabajo… Ese es el verdadero triunfo: trabajar, crear, descubrir».

Por eso me gusta mucho el título de un ensayo de Virgilio López Lemus: Samuel o la abeja. Como la abeja trabajaba Feijoo, con la particularidad de que lo hacía casi en solitario y a su manera personal. Todas las ocasiones en que visité el departamento que dirigía ubicado en un aula en la segunda planta de la Facultad de Humanidades, encontré la puerta abierta y él trabajando, trabajando, trabajando. Como prueba de su quehacer han quedado un centenar de libros con veinte mil páginas y treinta revistas que suman otras ocho mil, en las que realizó su trabajo editorial.

Solamente ayudado por su acuciosa secretaria y excelente dibujante, Magaly Landa, Samuel se desempeñaba como director, editor, redactor, corrector de estilo, diseñador, emplanador, traductor, fotógrafo, y en ocasio-nes hasta mecanógrafo.

Mariano Rodríguez Solveira, que fuera rector de la Universidad desde 1957 hasta 1960, cuenta que en una ocasión se le aparecieron unos cuantos compañeros de la Universidad para decirle que había que proceder contra Samuel, porque estaba trabajando con mucha libertad, sin respetar los horarios establecidos y porque hacía trabajos diferentes. Eso indignó al rector, quien les contestó:

Miren, compañeros, yo les voy a decir una cosa. El día que uno de ustedes haga la décima parte de lo que hace Samuel, yo les doy el mismo horario libre, porque a mí no me importa que Feijóo escriba y trabaje a las dos de la mañana o las ocho de la noche o a las cinco de la mañana, porque lo que me importa es que haya un hombre que trabaje como trabaja Samuel Feijóo, así que no me planteen nada de esto porque voy a entender entonces que ustedes son quienes están saboteando el mejor trabajo que se está haciendo en la Universidad en el orden cultural. 1

Y con esa decisión enérgica del rector, terminó todo. Tuvieron que marcharse.
En otro momento el propio Rodríguez Solveira narra que hubo de preguntarle a Samuel: «Mira, tenemos tal cantidad de dinero para el presupuesto de publicaciones este año, ¿qué podemos hacer? Me has dicho que algunos de esos autores no pueden entregar. ¿Tú tienes libros escritos? Porque yo sé que tú tienes muchas cosas escritas…»

Y Samuel, a instancia del rector, empezó a traer algunos de sus libros ya preparados para publicarlos. Sin embargo, algún que otro insidioso dijo, con mala intención, que Samuel estaba aprovechándose del cargo para publicar libros suyos. Lo que estaba haciendo era impedir que se perdiera el dinero ya dispuesto en los presupuestos universitarios, porque él era uno de los pocos que tenían los libros terminados a tiempo.

De igual forma el trabajo de Samuel fue armónico durante los rectorados de Silvio de la Torre Grovas (1961-1964) y del poeta y capitán del Ejército Rebelde, Sidroc Ramos (1965-1966), ya que ambos eran hombres cultos que reconocieron el valor de su obra, a la par que comprendían las peculiares formas de organizar su trabajo. Pero tamaña labor suscitó reacciones adversas en un grupo de envidiosos, que levantaron calumnias de índole laboral, cultural, editorial, docente, y hasta de carácter moral.

Es bueno recordar que no por casualidad el primer asesino de la leyenda bíblica fue Caín, el cual mató a su hermano Abel por envidia. Sin embargo, Samuel no cesaba en sus empeños, de esa forma cumplió con una máxima que expresara José Ingenieros en su libro El hombre mediocre: «Mientras los envidiosos murmuran, el genio crece».

También estaba siendo consecuente con lo expresado por Rodríguez Solveira, en la presentación del primer número de la revista Islas: «Con gran fe en el trabajo creador, en los más altos valores del espíritu, en el mejoramiento de los pueblos, por el camino de la Cultura; con terca, y al propio tiempo modesta voluntad de servicio; sin pretensiones vanas, mas sí con muy hermosos sueños y hondos anhelos, presenta hoy la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas, el primer número de su Revista Universitaria».

Como Samuel se propuso divulgar en la revista Islas la cultura popular de los países socialistas, y ya lo había hecho con la URSS y la RDA, en 1968 se fue a Bulgaria con ese objetivo, ocasión que aprovecharon sus detractores para hacer que la dirección universitaria actuara contra él, sin estar presente. Es cierto que Feijoo tenía una acentuada actitud irreverente y, como no reconocía cualidades en el rector de la Universidad de ese momento, se había manifestado acerca de él de forma severa, pues el humilde sanjuanero solamente se rendía ante el talento, la sencillez, la sensibilidad, la pureza y la verdadera fineza de los seres nobles, de los hombres naturales sin engreimientos ni prepotencias. Algunos propagaron hasta la idea de que había abandonado el país ilegalmente; y se intervino toda su esfera de trabajo editorial y la de los estudios folclóricos, donde se habían gestado muchos de los más completos y mejores trabajos de investigación sobre el folclor cubano. Samuel fue expulsado de la Universidad. Hubo quien prometió quitarse el nombre si Feijoo volvía a publicar en Cuba.

Acerca de la llamada intervención que se hizo contra la revista Islas, tuve la suerte de obtener, veinte años después, en Trinidad, la confesión espontánea del doctor José Luis Lara, 2 quien me contó de su participación casual en la revisión de los materiales confiscados y de su inolvidable sorpresa al no encontrar nada de carácter ilegal, pues tanto los documentos, las fotos y las películas únicamente reflejaban el inmenso trabajo de investigación y creación realizado durante años.

Sobre el tema de la Patria, Feijoo siempre tuvo muy definido que:

En este país me puso la naturaleza, de él tomé muchas cosas: bellezas del paisaje, bondades camperas, artes populares… No. Nunca abandoné mi isla para irme a vivir en las civilizadas New York, París, Roma… Como se me instó tantas veces por artistas que se fueron. No podían resistir. No tenían resistencia, ni mi amor al paisaje natal y a los inocentes campesinos. Sí, aquí me quedé por años y años, creando mi pobreza, aprendiendo, leyendo, creciendo, a veces expuesto a la dentellada innumerable, a la incomprensión agresiva, porque aquí nací. Allá se fueron los asqueados, los delicados, los irritados… Pero yo he cumplido la ley esencial de la naturaleza: aquí, en esta islita, ella me puso, y aquí debo sembrar, ayudar, aprender, ganar o perder, amar, luchar… Aquí nací y aquí muero, hijo de muchas patrias… 3

Pero para suerte de Cuba y de la Revolución, un grupo de envidiosos no puede ser representación de la Patria, ni del excepcional proceso social cubano; ambas cosas sentidas, amadas y defendidas por Samuel con toda la vehemencia que le imprimió a cada uno de sus actos.

Frente a las miserias humanas que le cercaron, hubo otro grupo innumerable de dignos exponentes de lo mejor del pensamiento cubano que no aceptaron tamaño error, entre los que figuraron: Calos Rafael Rodríguez, José Zacarías Tallet, Cintio Vitier y Fina García Marruz, Eliseo Diego, Juan Marinello, Osvaldo Dorticós, Nicolás Guillén y sobre todo nuestro Canciller de la Dignidad, Raúl Roa García, quien se personó en la Universidad Central para aclarar los hechos y superar la desacertada decisión que se había tomado.

Es bueno resaltar que Samuel poseía una virilidad bien definida en todo sentido. Así es que durante todo este proceso no escuché un solo lamento de su parte, cumpliendo de manera natural con el principio martiano de que «el lamento es una prostitución del carácter». Si no hubiera sido así, yo no me habría aliado a él como lo hice.

El resultado final fue que la dirección revolucionaria, actuando sabia y justamente, le confirió a Samuel la tarea de editar una nueva revista con formato, frecuencia y volumen similares a los de Islas, pero con la diferencia de que tendría plena libertad de acción al quedar adscrita la publicación al entonces Consejo Nacional de Cultura, y radicada en la Biblioteca Provincial «Martí» de Santa Clara, lugar donde treinta y dos años atrás, a sus dieciocho, él había hecho contacto con las obras de importantes autores como Bernard Shaw, Perrault, Eça de Queirós, Carlos Marx y un imprescindible de esa época: José Ingenieros. El mal se había transformado en bien, el daño en beneficio, el absolutismo en autonomía, la rivalidad en creación amorosa.

Entonces aparece el primer número de la revista, en el que su director aclara:

La revista Signos es órgano del Departamento de Investigaciones de la Expresión de los Pueblos, radicado en la provincia de Las Villas. […]

Signos no vive sólo para especializados o sumos conocedores, sino que también cumple tareas de divulgación de pensamiento, de sabiduría artística y popular, en sus varias formas y esencias. Signos cubre una importante función en su pueblo, que recién despierta a la cultura total. […]

Signos se esforzará en la gráfica más original y limpia y abierta. […]
Signos está firmemente por la liberación de los pueblos americanos. Las oligarquías que padecen desaparecerán ante el creciente empuje de la justicia social sobre la tierra.

La revista nace y crece marcada con el carácter, el talento, la originalidad y el tesón de un cubano excepcional que la llevó a planos estelares, al punto de que en un evento internacional en Japón fue catalogada entre las diez mejores revistas culturales del mundo. En muchas ocasiones Samuel me daba muestras de la repercusión de la revista en otras latitudes, y sobre esto recuerdo una carta de la Biblioteca Pública de Washington, en la que se solicitaba la reposición de varios números.

Para la redacción le fue designado el local que ocupara la oficina del antiguo Gobernador Provincial, en la segunda planta del edificio donde hoy se encuentra la Biblioteca Provincial «Martí». Y como él estaba totalmente solo —hasta que en 1972 apareciera quien fuera su eficiente secretaria Haydee Monteagudo—, además de mi colaboración gráfica con la revista, desde el primer número asumí voluntariamente la tarea de estibador. Por los treinta escalones que separan esa oficina de la planta baja, subía una a una las cuarenta cajas que contenían cada número editado y que pesaban alrededor de cincuenta libras. Todavía en esos momentos había quienes me instaban a no hacerlo, porque no podían comprender el significado que para la cultura cubana tenía el contenido de aquellos embalajes, y porque algunos se habían convertido en desertores, como suele ocurrir en momentos difíciles, creyendo que Feijoo había sido derrotado y era «oportuno» dejarlo solo. Quizás por eso exageró en alguna ocasión considerándome el mejor guerrero de su tribu. Yo, sencillamente, cumplí con el deber ético que había sembrado mi padre, y así se fue fortaleciendo nuestra amistad. Si hubiera sido un egocéntrico y llorón de los que tanto abundan, yo no me habría aliado a él como lo hice.

Todavía recuerdo la tremenda alegría que nos proporcionó la aparición del primer número de Signos, con la especial y simbólica portada de un querido amigo, el sagüero universal, Wifredo Lam. Al poco tiempo del surgimiento de Signos, quedó demostrada la valía de su singular proyección literaria perfectamente conjugada con la gráfica más auténtica, ambos rasgos característicos del quehacer feijoseano.

Históricamente y gracias a Feijoo, la Universidad Central realizaba canje internacional por medio de Islas para obtener información científico-técnica novedosa, que no se podía alcanzar por la vía de las compras. Así resultó que desde el extranjero comenzaron a solicitar, incluso a exigir, que el intercambio fuera por ejemplares de la joven Signos. Pero, como nadie en los predios universitarios se atrevía a dirigirse a Samuel para pedirle una asignación de ejemplares de la nueva revista, me instaron a que fuera yo quien lo convenciera de realizar ese importante trueque.

Cuando le planteé la propuesta, hizo un gesto de riposta y se puso en guardia defensiva como el boxeador que había sido y, mirándome sorprendido, me dijo: «¿Coño, cómo me hablas de eso, si conoces muy bien la historia?» Y yo entonces, para convencerlo, no tuve que esgrimirle más que una razón: que no era para el grupo que había actuado contra él, sino en aras de la formación de los nuevos profesionales que tanto necesitaba nuestro país. Y entonces de inmediato, bajó la guardia, suavizó la mirada y cambió el tono de su voz. Me anunció que iba a estar varios días en Cienfuegos y que a su regreso me daría respuesta definitiva. Cuando volvió había decidido hacer una entrega, si mal no recuerdo, de trescientos ejemplares de cada número de Signos para la Universidad.

De nuevo su actitud entraba en coincidencia con el pensamiento de José Ingenieros, el cual afirmó: «El castigo de los envidiosos estaría en cubrirlos de favores, para hacerles sentir que su envidia es recibida como homenaje y no como un estiletazo. Es más generoso, más humanitario».

Feijoo capitaneó la revista hasta el número 35 del año 1985, cuando comenzó el deterioro de su salud, cumpliendo dieciséis años de arduo trabajo al frente de esta publicación periódica y editó un buen número de libros personales a través de distintas editoriales del país, sin decaer siquiera cuando recibió el doloroso revés que fue la inesperada muerte de su esposa Isabel Castellanos, en febrero de 1970.

No es hasta el 1988 que la revista resurge con el número 36, bajo la dirección de Félix Luis Viera, quien la enrumbó por caminos diferentes hasta al número 42. Es en 1996, y con el número 43, que vuelve a inspirarse en sus esencias bajo la dirección de Ricardo Riverón Rojas, quien la ha conducido hasta el actual número 58 acompañado de René Batista Moreno, como jefe de información; ambos miembros de la tribu feijoseana desde los años setenta del siglo pasado. Como editor se desempeñó hasta hace poco Yamil Díaz Gómez, que aunque joven y sin haber tenido experiencias personales con Samuel, se integró perfectamente al equipo, por comulgar a plenitud con las proyecciones iniciales de la revista.

Este número 58, que celebra el 40 aniversario del nacimiento de Signos, resulta importante, porque el director que resucitó la revista cesa en sus funciones por jubilación. Y los que hemos estado ligados a la criatura desde que existe, nos sentimos preocupados por su futuro. Se me ocurre entonces rogar a su padre, que debe estar en el cielo, para que no abandone a la ilustre hija; ella fue concebida, gestada y venida a la vida abruptamente, pero para el fortalecimiento y felicidad de la cultura cubana.

Dibujos: Ramón Ramírez

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Una respuesta a “PREMIO SER FIEL PARA RAMÓN RODRÍGUEZ LIMONTE

  1. FELICIDADES RAMON.SIGUES SIENDO GRANDE
    OCHY

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