LUIS MANUEL PÉREZ BOITEL: ENTRE LA ARENA DE SU PAÍS Y LA POESÍA

Pérez-Boitel junto al poeta hondureño Roberto Sosa, Premio Casa de las Américas 1971. Foto tomada de Cañasanta.Entrevista al poeta villaclareño Luis Manuel Pérez-Boitel, realizada por Ihos Hernández para la revista digital Cañasanta, y que reproducimos para los lectores de Alocubano. En la ciudad de Remedios, Boitel ha creado una vasta obra que le ha valido, entre otros, el Premio Casa de las Américas 2002 (La Habana, Cuba), el “Marius Sampere 2007” (Barcelona, España), y este Premio Iberoamericano de Poesía Juegos Florales de Tegucigalpa 2010, en Honduras, por su poemario Hay quien se despide de la arena:

PÉREZ-BOITEL: “Todos tenemos la oportunidad de estar desde la gradería y confiar en esa elección de lo que se quiere ver.  De defender nuestras “pequeñas islas”  que son  los “mayores mundos”. Yo prefiero mejor vivir desde la poesía, abrir un libro como si fuera un universo que nos asemeje a lo incógnito y allí dibujar una casa.  Sin importar la tecnología, toda vía es posible y todavía es posible buscar los modos otros, los espacios que sostienen lo que necesitamos o aparentemente necesitamos.  Nada me hará perder la fe y de ser una persona que residirá entre dos siglos.”


LUIS MANUEL PÉREZ BOITEL: ENTRE LA ARENA DE SU PAÍS Y LA POESÍA
Por Ihos Hernández, revista cultural Cañasanta

El poemario Hay quien se despide en la arena fue seleccionado en enero de este año como ganador de los Juegos Florales de Tegucigalpa 2010, Honduras, en donde un jurado integrado por el poeta español José María Muñoz Quirós, la poeta mexicana Blanca Luz Pulido y el poeta hondureño Rigoberto Paredes decidieron, por unanimidad, conceder el premio único por el dominio de diversas modalidades expresivas, por la estructura interna, por la recreación de mundos en el contexto poético, entre otras aspectos que destaca el acta que aparece al inicio del libro, al poeta cubano, abogado de profesión: Luis Manuel Pérez Boitel.

***

IH— Regresas de Honduras adonde has ido a recoger tu Premio dotado de 5 mil dólares, la medalla, y además una parte de los libros editados por La Ronda como parte del premio, y quisiera indagar en  tus impresiones de este viaje, de la estancia, y sus resultados:  ¿Cómo definirías todo este momento en que supiste alcanzaste el I Premio iberoamericano de Poesía Juegos Florales de Tegucigalpa hasta hoy en que ya estás de regreso en Remedios, Cuba? Y, ¿qué podrías contarnos hiciste en esa ciudad como parte de las actividades organizadas por este evento?

LM— Lo definiría con un gran voto a favor de la poesía y de personas que tienen un gran empeño para que este evento se mantenga desde Tegucigalpa.  Este premio, más que la dotación económica, la medalla, tiene un incentivo mayor que es el viaje a Honduras y las atenciones que se reciben, yo creo que forma parte de un replanteamiento a los diferentes eventos literarios, que en ocasiones se articulan sin el lado espiritual, donde el creador pueda tener una mayor comunicación con un público y sentirse parte del evento.  Ha sido impresionante mi encuentro con los estudiantes de las diferentes universidades, escuelas y en las comunidades donde leí  mi obra.

Fueron días de gran intensidad, además la idea de que el libro se regale al pueblo, es algo  que se debe aplaudir, es una especie de convocatoria a la lectura muy particular, que yo agradezco. Creo que la publicación de la obra en tres ediciones, es también sorprendente.  Tengo tantas emociones y tanta alegría de conocer  personas tan extraordinarias e inteligentes que me atendieron y compartieron conmigo, que serían insuficientes mis palabras. La posibilidad de donar un grupo de libros de autores cubanos a la biblioteca nacional de Honduras fue algo emotivo para mí.  Pues creo que la literatura en la isla es excelente y bien que valía incorporar en mi equipaje, para que me acompañaran a esos autores que fui seleccionando para que pudieran ser leídos en Tegucigalpa.

La alegría de compartir desde la poesía con el pueblo de Honduras fue una gran oportunidad que yo agradezco en particular a la Alcaldía de Tegucigalpa y a todos las demás instituciones que apoyaron dicha convocatoria.

IH—  Has ganado más de una veintena de premios con tu poesía, dentro de estos premios destaco sólo un par de ellos: “ Premio Casa de las Américas 2002” (La Habana), y el “Marius Sampere 2007” (Barcelona). Con todo ese aval, ¿te consideras un poeta con Buena Suerte o un poeta con Oficio?, ¿podrías comentar un poco sobre ese criterio dado?

LM— Me considero un poeta, simplemente un poeta.  Tener suerte o no, es algo importante, pero no decisivo.  Hay personas llenas de rencores, envidias, mediocridades, que en vez de ser y “el ser iluminados”  apuestan por otro tipo de suerte.   Por lo que la buena suerte, es un término muy subjetivo, aunque le esencia motive cierto beneficio para el que lo articule.  Yo pienso más en ayudar a la suerte, de crecerme como persona ante la magistral puerta que impone la vida, en poder leer con toda la intensidad del acto, de un modo hedónico, pudiera decir. Cuando amanece, tengo fe de que las cosas pudieran mejorar,   mirar de un modo diferente la vida,  de estar en paz conmigo,  de respirar y sentir  que hay altares mayores,  que hay un Dios que siempre será justiciero, y que además también habrá un tiempo mayor.  Te confieso que a esa hora la suerte está conmigo, y no la busco, simplemente está conmigo.

El oficio es otra cosa,  el poeta no hace un oficio, más que todo asume una necesidad desde la impericia que impone asimilar las palabras, buscarle un trasfondo a lo  pudiera enmarcarse en una dimensión física y mutarlo en los versos.  En un raro divertimento se asume más que un oficio, una especie de epifanía a favor de un ritual que nos  hace más partícipe de la necesidad de trasmitir lo que otros no pueden.

Residir desde estas búsquedas, sería asumir que esos premios literarios han sido a mi obra, y no para mi persona.  Que cuando participo en un evento no compito contra los demás participantes, ni pretendo ganar adeptos.  Prefiero que me lean,  que la comunicación posible sea a partir de lo que escribo y de lo que dejo para un tiempo venidero.  Que sólo compito contra el libro anterior que publiqué, contra el pasado que significan esos versos que ya se conocen; aunque al final te confieso que nadie puede competir contra el tiempo, que simplemente es un juego al azar, una necesidad de compartir lo que uno hace con toda la felicidad del mundo.

IH—  ¿Crees que todo poeta trabaja siempre, o casi siempre, dentro de sus propios temas, esos que va imponiendo involuntariamente en cada obra, o crees que ocurre lo contrario y por qué? Y en tu caso: ¿consideras que escribes casi siempre sobre tus mismos temas, o no?

LM— El poeta siempre escribe sobre una trinidad que impone el ayer, el hoy y el mañana.  Es una especie de salvación donde la duplicidad es tan necesaria para deleitarse y deleitar al otro (el otro como receptor posible), una duplicidad que para Lezama, por ejemplo,  pudiera parecer como continuidad del punto que se vuelve linealidad. Una especie de tauromaquia contra las apuestas del “espíritu”  para comprender la dimensión del “ser”.  Entonces el punto pudiera significar retrospectiva o fusión. Un punto. Simplemente un punto. Un alto en la parada, quizás una rara cosmogonía a favor de descifrar de dónde partimos, lo que para Lezama, para continuar el ejemplo, era desde la poesía el testigo del acto inocente.  En esa resultante el poeta avanza en busca de otros cielos,  de otras reinterpretaciones donde la temporalidad es también captada con toda la fragua de las palabras.  La linealidad es aquí domesticable y el poeta pudiera reivindicar sus paisajes.  Los paisajes como resultantes de esos otros derroteros donde el bardo pudiera avizorar otros dibujos,  e intentar  compararlos, repetir sus líneas, desvirtuar sus rostros, su sombra, en ese “raro e impensado” deleite de continuar la linealidad lezameana que no es otra cosa que una extraña asociación de imágenes. Imágenes diversas, donde siempre el poeta traza su país más verdadero. En mi caso,  prefiero jugar con esa sustancia que está debajo de cada palabra, en un viaje hacia la gran posibilidad de la imagen.  De buscar hallazgos que compulsen mis plegarias, en un sistema poético que bien pudiera ser de no asociación de épocas y pasajes.  La poesía es lo que más pudiera jugar con los vericuetos que el espíritu nos reafirma en otro estado del ser.

IH—  ¿Qué podría hallar el lector en este libro de novedoso?

LM— El extraordinario poeta español José María Muñoz Quirós,  advierte en  el prólogo de este poemario: “Poesía para sucumbir en el mar de los días contemplados con los ojos que habitan la luz, para escuchar la libertad que a veces se escribe desde el hondón del alma.   Busco tu despedida y la arena me escribe un nombre en sus cuadernos de soledad.  Busco ser yo en la diáfana luz de una hermosa despedida en los confines últimos del silencio”. Creo que mejor definición no pudiera yo dar, a no ser la posibilidad de que el lector encuentre sus libertades, sus limbos posibles.  Yo no pudiera categorizar un acto que queda abierto al que es capaz de adentrarse a los círculos que estas páginas convocan. Lo novedoso está en el pensamiento del que vive esos países, que son los poemas anclados en esa hermosa edición  que han realizado los miembros de la comisión permanente de los juegos florales, en la colección La Ronda.

IH—  ¿Hallas algo relevante en este oficio de ser poeta hoy en día cuando la gran mayoría de los lectores en el mundo entero persiguen novelas o andan casi todo el tiempo, hablo más bien ya fuera de la isla de Cuba, con una pantalla digital en donde pueden saber del mundo, de lo que ocurre en el mundo más allá de lo sublime?

LM— Lo sublime está en deleitarte en esa libertad que impone el espíritu, en esa comunión con Dios y las cosas verdaderas que has edificado como si fueran verdades inequívocas.  Yo no juzgo a los que piensan contrario.  Todos tenemos la oportunidad de estar desde la gradería y confiar en esa elección de lo que se quiere ver.  De defender nuestras “pequeñas islas”  que son  los “mayores mundos”. Yo prefiero mejor vivir desde la poesía, abrir un libro como si fuera un universo que nos asemeje a lo incógnito y allí dibujar una casa.  Sin importar la tecnología, toda vía es posible y todavía es posible buscar los modos otros, los espacios que sostienen lo que necesitamos o aparentemente necesitamos.  Nada me hará perder la fe y de ser una persona que residirá entre dos siglos.

IH— ¿Crees que la poesía podría salvar a quien la escribe? ¿Cómo podría redimir la poesía al poeta? Y en tu caso personal, ¿crees que la poesía te redime, digamos, del caos existencial?

LM— Sí, creo que la poesía salva.  Cuando mi padre murió en 1988 te confieso que quedé muy solo y la poesía fue mi fiel compañera.  A deshora, cuando pensé que la vida me jugaba un mal momento,  leía con una intensidad extraordinaria.  El poeta se redime pensando que lo que escribe es lo que debe escribir, apostando por sus verdades y sus miedos. Yo creo que desde que escribí mi primer poema, que recuerdo fue estando en la universidad central de Las Villas, la poesía me salvó. Y es que uno se salva siendo feliz con lo que hace, deleitándose con lo que prefiere necesario, jugándose el todo con ello.

IH—  ¿Sientes alguna diferencia entre tu estilo de hacer poesía y de la de otros poetas cubanos de tu generación en Cuba?

LM— Yo formo parte de una gran tradición literaria en mi país.  El término generación y/o promoción me resulta algo inconsistente.  Pero te confieso que en Cuba la poesía, a diferencia de lo que algunos críticos literarios en la isla dibujan como algo epigonal, coloquial, displicente,  descubro una poesía de extraordinarios estilos.  Y mucho más que estilos, de tonos poéticos que se endilgan o  configuran a partir de cada provincia, con particularidades diversas y con un orgiástico sentido de intercomunicación. Sin embargo, creo que la poesía en mi país es muy desconocida en el mundo.  Que los poetas en mi país somos desconocidos, y que incluso nos desconocemos unos a los otros. En el caso de mi obra, te confieso que la asumo  con una visión más plural del acto de creación y con una intensidad marcada por cada palabra y cada libro.

IH—  ¿Crees en verdad que: “hurgar en el vacío/ es mejor que ignorar el vacío? ¿Y si te digo: busca en el enemigo,/ en qué se parece a ti”…, qué me respondieras?

LM— Hurgar en el vacío es como buscar lo mínimo.  Ignorar el vacío es como aceptar que no hay nada que buscar.  Pienso que la indagación es un acto de fe, yo siempre apostaría por tener un simple indicio de lo que pueda ser salvado. Buscar en el enemigo en qué se parece a ti, es descubrir sus dudas, sus miedos posibles.  Es reconocer por qué es precisamente ese tu enemigo y no otro.  Es saberse compulsado a otros estadios y superarse para diferenciarse del que te mira mal, del que no te acepta tal y como eres,  un hombre pequeño, temeroso del tiempo,  enemigo como él de otras tempestades.

IH— “hay quien se despide/ en la arena, pero nada es casual, nada es realmente/ tan exacto como un palabra que no tendría sentido/ si no existiera esa fe de salvar el cuerpo…” has escrito, y digo ahora: esa fe por salvar el cuerpo o el nombre, ¿cómo se manifestaría en Luis Manuel Pérez-Boitel de imponérsele el olvido?

LM— Con una simple sonrisa respondo si se impone el olvido. El olvido es tan necesario, en ocasiones… como ese viaje a favor de conservar nuestras sagradas utopías.   Si se olvidara mi nombre pudiera preferir que quedara la huella que se dibujó, el silencio que se compartió, el amigo que festejó por el silencio,  el país que algunos piensan que es mayor, la arena que se compartió, la soledad del cuerpo impenitente y fugaz como las palabras que ya no pueden tener otras plazas.

Abril 25, 2011

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