El ingrávido vuelo de Andrés Labatúa sobre Camajuaní

René Batista Moreno y Ricardo Riverón Rojas

René Batista Moreno, autor de Andrés la batúa... y Ricardo Riverón, quien escribió el artículo.

El terruño como espacio teatral; la vida como hecho dramático —unas veces en tono de comedia, otras, de tragedia— la picaresca y la sabiduría como proteínas culturales de una hipo

tética enciclopedia oral que, enmascarada por una apariencia de normalidad, cobra volumen y trascendencia cuando el viento apaga sus ecos y nos deja a merced del engañoso discurrir cotidiano… Cualquiera de estas afirmaciones,

que suscribo con el entusiasmo del fan, pudiera servir para

proponerle al lector el volumen titulado El vuelo de Andrés Labatúa, escrito por el más prolífero «registrador de ecos» que ha conocido el pueblo de Camajuaní: René Batista Moreno (1941-2010).

Ricardo Riverón Rojas, Cubaliteraria.cu

Esta vez el incansable buscador de esa maravilla llamada «hoy», que él configuró siempre con muchos «ayeres» de donde extraía un catauro de costumbres llenas de colorido y connotaciones, nos ubica ante hechos a los que las etiquetas de «real maravilloso» o «realismo mágico» les sirven, a la vez que les sobran. Nos traslada Batista Moreno, desde las múltiples voces de sus testimoniantes, hasta contemporaneidades imposibles, como ocurre en el relato «Valeriano Weyler en Camajuaní», donde aquel genocida que fuera Capitán General de la Isla alcanza a leer, a la salida del pueblo, un cartel que reza «Weyler, eres peor que Adolfo Hitler» y al preguntarle al mariscal Epaminondas Alonso quién era el tal Hitler, dicho interlocutor, ubicado en un más acá ubicuo por obra y gracia del folclor, responde con tranquila omnisciencia: «Mi general, ese hombre no ha nacido todavía».

Hallaremos también en estas piezas escritas por Batista Moreno las hipérboles delirantes que caracterizan a los sujetos populares de esos entornos urbanos periféricos llamados «pueblos». En sus amenas narraciones siempre, por paradójico que parezca, el autor consigue que salga airosa la vertebración testimonial de la anécdota, seguramente por la sólida arquitectura contextual de los relatos, y también porque el lector difícilmente logre eludir, desde las primeras palabras, cierto pacto de credulidad con un narrador mentiroso que, simplemente, cuenta verdades. El propio relato que da título al libro lo ejemplifica perfectamente.

De esa forma, diluidos en una neblina cronológica donde el límite entre la verdad y lo real carece de importancia, llegamos a un Camajuaní, que es el mismo y otro pueblo a la vez, en un viaje espacial (especial) que arranca a finales del siglo XIX, recorre todo el XX y arriba a nuestros días con el ímpetu inicial. Portadores de una cultura viva, espontánea e ingenua, las personas y personajes que nos conversan, relatan, disertan desde las páginas de este conjunto le cambian el signo y el color a la planicie de unas jornadas que hubieran podido ser de mera subsistencia. Como exponentes de lo antes dicho, los miembros del club de papaloteros (en el primer relato) ponen una condición inviolable para integrar la agrupación: no lucrar con la venta de los papalotes que aprenderán a fabricar por simple amor al arte. Y a tenor con el mismo principio, cada integrante de la peña de nombreteros, tras ganar el premio por el mejor nombrete del mes, deciden sin titubeos gastarse la dotación bebiendo con quienes comparten el arte de «nombretear». Asimismo dejó constancia René de que los miembros de esta peña también realizaban una investigación y configuraban un libro sobre el origen y lógica de los nombretes: un volumen que, si bien nunca se publicó por falta de fondos, dejó establecido el derecho a la utopía de una alta cultura que incluyera en sus pautas estratégicas las manifestaciones de quienes precisan sus contornos desde el simple acto de vivir en consonancia con las tradiciones.

El vuelo de Andrés Labatúa, por virtud de sus esencias picarescas, es un libro alegre, que llama a la sonrisa gentil. Aunque en la mayoría de los relatos está vigente la alegría como derivación de sucesos normales, vale la pena fijar la atención en el testimonio titulado «La tromba de La Ceiba», de naturaleza trágica, con víctimas fatales y todo, pues el autor no pierde la oportunidad de intercalar la anécdota de una familia sumida en el hambre extrema a quien la tromba les regala una vaca, que cae del cielo, rompe el techo y queda patas arriba dentro de la casa. Una vez pasada la tromba, y comprobado su saldo destructivo, el jefe de la familia concluye: «No podemos devolver la vida a los muertos ni curar a los heridos, nada podemos hacer. Así que vamos a fajarnos con la vaca esta a ver si comemos algo».

Hay en este libro, de próxima aparición por la Editorial Capiro, un hálito de reverencia por aquella cultura que, a despecho de las inexistentes instituciones, fluyó en el ámbito republicano de manera natural y fue configurando, con su influencia, valores que hasta hoy han investido al cubano de su proyección, que prefiero sentir universal. Bailes, improvisaciones, artesanía, coleccionistas de música, parrandas, herencia étnica, laboriosidad, apego a unos modos de expresión que denotan ingenio, solidaridad ante la desgracia y, sobre todo, como subtexto, un amor al espacio pequeño: llamémosle barrio, batey, pueblo, ciudad, país, o simplemente el centímetro cuadrado de tierra donde cada persona construye, desde los imaginarios, sus expectativas vitales.

Es este un libro que nos habla de unos días que fueron diferentes, pero son como estos; de unas gentes que, como nosotros, compartían con sus compatriotas lo que hoy asumimos en común con las personas que nos rodean: la necesidad de comunicarnos desde esa alquimia imaginativa que aún subvierte, a partir actos de resistencia cultural, aquella ausencia de políticas sociales efectivas que padecimos por más de cuatro siglos.

La lectura de la Historia, hoy, es otra. Ganancias y pérdidas extraeremos de la lectura de este libro de rescates. La mayor de las primeras podría ser la posibilidad de comprendernos mejor en la perspectiva histórica, gracias a la riqueza de un entorno donde la voluntad política ha permitido, entre otras cosas, que René Batista Moreno, con la publicación de este y otros libros que le anteceden, reivindicara el proyecto editorial que nunca pudieron concretar sus simpáticos coterráneos de la peña de nombreteros. En el listado de pérdidas, por otra parte, podríamos inscribir variadas interrogantes, todas encaminadas a intentar explicarnos por qué un número considerable de estas expresiones culturales han sido sustituidas por otras de naturaleza más pedestre, mucho menos ingeniosas.

Se inicia la función entonces, estimados lectores: Andrés Labatúa, cirquero y estafador empedernido que juró no repetir nunca su vuelo accidental, incumple su promesa y se lanza desde el trapecio.

Ojalá que su espíritu no caiga en el vacío.

Santa Clara 2009, revisado en junio de 2011

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