Santa Clara, en el año 1899.

Vista general de la ciudad de Santa, en el año 1899.

Por Luis Machado Ordetx.— Dicen que Santa Clara es hija predilecta de los demonios. Allá en San Juan de los Remedios de Vasco Porcallo de Figueroa, algunas familias fueron exorcizadas por dos sacerdotes, hasta que se impuso la urgencia de una mudanza hacia los alrededores de la hacienda Ciego de Santa Clara, propiedad de los herederos de Antonio Díaz y Pavia.

Al menos eso se colige en la Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción, texto empeñado en contar cuándo, cómo, dón­­de y por qué un grupo po­bla­cio­nal dio origen al nuevo asen­ta­mien­to el 15 de julio de 1689.
Apunta Antonio Miguel Alcover y Beltrán que los «pueblos viven siglos, y el origen de muchos se pierde en la obscura y eterna noche de los tiempos…» Ese acontecimiento no deja de ser una realidad a 322 años del surgimiento de Santa Clara. Los sucesos que recoge Manuel Dionisio González, por desgracia, quedaron truncos cuando el libro salió de la imprenta El Siglo en 1858.

Más allá de las consideraciones que hace Natalia Raola Ramos al abordar el surgimiento de Santa Clara1 a partir de un cierto caso de «nepotismo» que involucró a 175 remedianos en dos oleadas diferentes de emigrantes, González había advertido que aunque «son contradictorios los datos que se conservan acerca del número de familias que vino […] para fundar la nueva villa, puede sin embargo, fijarse con alguna exactitud, no sin haber emprendido ímprobos tra­bajos, a fin de consignar esa noticia sobre una base cierta. Aseguran algunos que fueron treinta y dos, y otros las hacen llegar hasta setenta: pero lo más probable es, que solo vinieron diez y ocho […]»2 Sea una cifra de familias fundadoras o sea la otra, a la «siempre nítida aurora», de la que habló José Surí, el primer poeta de Santa Clara, habrá siempre que escudriñar para despejar otras pistas del cronista.

GLORIETA  ¿CENTENARIA?

Comentan algunos conocedores de la historia que el salón abierto que preconiza la vida urbana, la Glorieta del Parque Vidal, ostenta este 2011 un siglo de existencia. El Magazine La Lucha, dedicado en 1926 a Santa Clara, también lo sustenta.3 El diario La Pu­blicidad, el más importante de la loca­lidad du­rante la centuria anterior, es explícito en datos que cimentan un mentís a la congratulación. Por más que fue­ron revisadas documen­ta­cio­nes, jamás apareció una fecha exacta. Todos afirmaban: 1911, inauguración de La Glorieta, ¿…?.

La memoria no puede sustentarse en apreciaciones empíricas. El martes 5 de diciembre de 1911 expone  La Publicidad, según el artículo 164 de la ley orgánica de los municipios, que: «el 28 de noviembre último, quedó enterado el Ayuntamiento de un escrito del Ejecutivo de fecha 15 del actual, comunicando que la subasta para la construcción de una “Glorieta de Hormigón Armado” para la banda de música, en el parque Vidal, le ha sido adjudicada al señor Urbano Martínez, por la cantidad de $ 2, 593 veintinueve centavos, Cy».4

Hubo que rebuscar en  maltre-chos ejemplares de ese periódico conservado en los archivos de Fondos Raros y Valiosos de la Biblioteca Provincial Martí: no podía concluirse una obra de vasta magnitud en solo 26 días. Desde hacía una década dos bandas de música ocupaban a cielo abierto, martes, jueves, sábado y domingo, el restringido paseo del Parque Vidal. Una pertenecía al Regimiento 2 de la Guardia Rural, dirigida por Domingo Martínez. La otra, bajo la batuta del maestro Cándido Herrero, era del Municipio. Ambas fueron anfitriones, el 9 y 10 de agosto de 1911, del con­curso provincial de bandas, en el cual intervinieron homólogas exis­­tentes en Caibarién, Remedios, Sagua la Grande, Camajuaní y Cienfuegos.

Sin embargo, 1912 da otras luces: el miércoles 3 de abril la Cámara Municipal acuerda: «Visto el escrito del señor Urbano Martínez, contratista de las obras de la glorieta en construcción en el parque Vidal, como a la vez es el Comité Ejecutivo Municipal, quedó resuelto que el señor contratista se ajuste al pliego de condiciones y a lo dispuesto por la comisión de Ornato, en la ejecución de la obra.»5

Ese día surge otra irradiación: el periodista Manuel García Ga­rófalo-Mesa rubrica desde La Haba­na una entrevista que hiciera el jueves 25 de abril a José Berenguer y Sed, alcalde de Santa Cara: «Ter­minada la Glorieta (que se inau­gurará el 20 de Mayo próximo) y levantado el monumento a Marta Abreu, haciendo “pedant” al obe­lis­co a los fundadores de Santa Clara, quedará dándole tono alegre a la población, un parque en total pro­ceso de remozamiento. […] La Glorieta cuesta 2 mil 500 pesos en moneda americana, y el referido a Marta Abreu se erigirá a un costo superior a los 30 mil […]»6

El 20 de Mayo no ocurrió nada en la ciudad, excepto las pugnas entre liberales y conservadores en torno al poder político y la recordación de la infausta década del nacimiento de la república neocolonial. El martes 13 de agosto, la sección Villaclareñas, signada por Antonio Radelat, ofrece un dato definitorio: «Pasaron las fiestas en honor de nuestra Patrona. Fiestas que hace años no se efectuaba. […] Verdaderos deseos había de que se inaugurara la Glorieta para las Bandas, y al fin, a las cinco en punto, del doce, nuestra Banda Municipal ejecutaba entre atronadores aplausos el Himno Nacional. Por la noche nos dieron retretas las dos bandas. La Municipal con un programa casi todo del patio popular. […] La de la Rural, un verdadero concierto de selectas piezas…»7

¿Cuál era el repertorio?: Dia­vo­lo, de Villalarge; Preludio Inter­mezzo y Siciliana de la ópera Cavallería rusticana, de Mascagni; Retreta aus­triaca, de Ke­ler­bela; Vals Bos­ton, de Álvarez; Gran jota ron­dalla, de Ina­rraiz; Si yo fuera rey, de Adán; La golondrina (ma­­zurca), de Cal­vist; programa com­pleto de Aída, de Verdi, y la Fantasía de la ópera Lohen­grin, de Wagner.

La Glorieta se emplazó en un extremo del parque existente, de manera que en 1915, luego que el Ayuntamiento local adquiriera —por un precio de 50 mil pesos en moneda americana— los te­rrenos pertenecientes a la Parro­quial Mayor, la pla­zoleta techada, ocuparía el centro de la ciudad. Nada de planos existen hasta la fecha. Más allá del co­no­cimiento de su arquitectura ecléctica y elementos neo­clá­sicos, hay un desafío del tiempo.

No se conoce, al menos por la prensa de Santa Clara, que existiera allí una instalación homóloga construida en madera, como se especula. De planos, nada queda, y algunos aseguran, como una leyenda, que debajo de su piso hay un segundo foso. Otros creen en la posibilidad de una «cisterna» de agua, según los escenarios griegos. También dicen que, incluso, está construida sobre el antiguo cementerio de la localidad y dispone de un túnel sub­terráneo que la enlaza con el teatro La Caridad. El año entrante, momento del centenario, será preciso poner pie en tierra para una cabal restauración. Las acciones que se acometerán tendrán sus complejidades, pues no se dispone, hasta el momento, de una memoria descriptiva que ofrezca una respuesta a esos intríngulis refrendados por el tiempo y el imaginario popular.

JUSTA FISONOMÍA

Tal vez los bancarios no se hayan percatado de un suceso: tienen encima un siglo de historia en uno de sus inmuebles. Dice La Publicidad que el sábado 18 de diciembre de 1911 quedó abierto en la ciudad la Sucursal del Banco Nacional de Cuba, la séptima con edificio propio que existía en el país para conceder créditos destinados al fomento agrícola e industrial.  Nada cambió en un siglo su rígida fisonomía exterior culminada en ocho meses de construcción: hormigón, de orden corintio, de planta baja, con gran pórtico de ocho columnas, con una altura a la cornisa de siete metros y 8,20 hasta el plano su­perior del pretil. Fue administrado en sus inicios por Pascasio López Visiedo. Contaba en ese entonces con un capital pagado de 5 millones de pesos en moneda americana, y una reserva de un millón. Su activo total era de 33 millones 278 mil pesos. Su casa matriz, en La Ha­ba­na, funcionaba desde 1901, y hasta la fecha acumuló más de 15 millo­nes de pesos en créditos.8

Durante el onceno año del pasado siglo la ciudad, con unos 22 mil habitantes, se debatió en otras preocupaciones. Son muy similares a las del presente: reconstruir paso a paso el Parque Vidal, re­solver el abasto de agua, sostener a toda costa la plantación de árboles maderables para mitigar el calor y ofrecer sombra a los moradores, y afianzar, así lo dice la prensa, por encima de todas las cosas, una pulcritud ambiental que dejara asom­brados a los visitantes.

La céntrica plaza de Santa Clara se inauguró el miércoles 15 de julio de 1925 a un costo de 123 millones de pesos. Los incrédulos no lo creerán, pero en el monto se incluían la adquisición de los terrenos de la iglesia y edificaciones aledañas, lápida, ornamentación, alumbrado y calles anexas, árboles, jardines y mano de obra contratada.9 La situación del abasto de agua, con mayores poblaciones, industrias y servicios, todavía es crítica, y la  diligencia por la higiene, hacen de nuestros moradores una excepción cubana.

EL ÁRBOL DEL TAMARINDO

Anteayer en la tarde, en carrera forzada, daban los últimos toques reconstructivos a la Plaza del Carmen, sitio de la primera misa religiosa ofrecida bajo la fronda de un tamarindo aquel 15 de julio de 1689.

Ese día, por vez primera, el Centro de Patrimonio Cultural reveló al público el proyecto original del Monumento a la Fundación. Los especialistas de esa institución, un tiempo atrás, revisaron papelerías que pertenecieron al Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara, y encontraron al azar un documento que iban a incinerar en el actual centro docente de la ciudad. Recompusieron sus pliegos, y comprobaron que consistía en el diseño ganador del concurso nacional auspiciado por el Grupo Los Mil  para recordar aquella misa fundacional. Esos hombres y mujeres, todos vecinos de la localidad, desde 1944 recababan fondos monetarios en aras de perpetuar la historia de 18 familias remedianas en los nuevos lares de la Gloriosa Santa Clara.

La obra escogida pertenecía a Boabdil Ross Rodríguez, secretario y profesor de Dibujo de Línea y Perspectiva de la Academia de Artes Plásticas Leopoldo Romañach, de Las Villas. El prototipo tiene las ti­picidades del columnario de hormigón enchapado en mármol gris de Isla de Pinos. Está estructurado sobre una base de 17 metros cuadrados y de tres peldaños, que simbolizan el lema del escudo de Santa Clara: Patria, Religión y Familia. Describe una circunferencia con 18 pilastras colocadas en forma de parábola, y unidas por un remate en espiral. Cada una tiene incrustado en bronce el nombre del cabeza de familia. La más alta de las columnas termina en una cruz. El tamarindo constituye el eje central. El Monumento fue inaugurado el martes 15 de julio de 1952. Allí se colocó una tarja con el nombre del escultor y los patro­ci­nadores, y fue sustituida la ubicada en 1923 por la Asociación de Prensa. La ciudad, aquella surgida de la ofuscada diáspora remediana, persiste desde aquel acto fundacional —de propósito religioso y de acogimiento territorial—, inmersa dentro de otro vasto oasis de su sabana original.

NOTAS
1- Natalia Raola Ramos: «Fundación de Santa Clara (Un curioso caso de nepotismo)», en Islas (81): 3-15, mayo-agosto de 1985.
2- Manuel Dionisio Gon­zález: Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción, p. 9, Imprenta El Siglo, Villaclara, 1858.
3- Magazine La Lucha, 1926, pp. 26-40.
4- La Publicidad, 8 (2113):3, Santa Clara, 5 de diciembre de 1911.
5- La Publicidad, 9 (2211):3, Santa Clara, 3 de abril de 1912.
6- La Publicidad, 9 (2229):2, Santa Clara, 3 de abril de 1912.
7- La Publicidad, 9 (2318):2 Santa Clara, 13 de agosto de  1912.
8- La Publicidad, 8 (2100):2, Santa Clara, 20 de noviembre de 1911.
9- Cfr. Magazine La Lucha, 1926, pp. 26-40.

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