El ajiaco que retrata a la villa de Santa Clara

Loma del Capiro.

Monumento en la Loma del Capiro, sitio emblemático de Santa Clara, engalanado con las banderas cubana y del 26.

Por Nelson García Santos.— La historia se teje de hechos heroicos, de tristezas, alegrías, de personalidades ilustres, pero también de curiosidades y de gente común que trasciende de una época a otra en la memoria numerosa.

De los más gloriosos personajes y de los sitios emblemáticos de esta ciudad, nacida entre los ríos Bélico y Cubanicay, mucho se ha escrito en su historia, que llega a los 322 años.

Pero, ¿cuáles de ellos, a pesar del tiempo, se mantienen lozanos en la gran tribuna de la calle?

No hay dudas de que de los pertenecientes al siglo XIX está Marta Abreu, la benefactora por excelencia de la urbe, que puso su corazón y su fortuna a disposición de los pobres y de la lucha por la independencia.

En lo que corresponde al siglo XX, el Comandante Ernesto Che Guevara anda en la mente popular en continuo e inmortal renuevo. Gracias a él esta urbe se conoce más que nunca internacionalmente. El arraigo de ambos patriotas resulta tan profundo aquí que sus hijos decidieron unir sus nombres para bautizar a Santa Clara como la ciudad de Marta y el Che.

De los sitios geográficos el más perenne en los labios de los santaclareños es la Loma del Capiro. Si corre la brisa es gracias a esta, pero cuando el calor agobia la invocan, además, para connotar la extrema canícula porque «ni allí bate el aire».

En cuanto a las instituciones culturales el honor lo comparten el teatro La Caridad, inaugurado el 8 de septiembre de 1885, que exhibe en su decoración interior alegorías, retratos y representaciones —expresión de una exquisita creación artística— y la Biblioteca Provincial José Martí.

Los santaclareños se sienten orgullosos de contar, en los pasillos del seminternado Vietnam Heroico, antigua Escuela Normal de Maestros, con una galería de murales al fresco realizados por Amelia Peláez, René Portocarrero, Jorge Arche, Eduardo Abela y Ernesto González Puig, entre otros.

Entre los más presentes en la memoria están el populoso reparto Condado; si de calles se trata, la de Independencia, con su bello bulevar, marca la pauta; y por el bienestar que representan, los hospitales Arnaldo Milián Castro, el Materno Mariana Grajales, el Celestino Hernández Robau, el infantil José Luis Miranda y el Cardiocentro Ernesto Guevara.

El hotel Santa Clara Libre, que aún muestra en su fachada las huellas de los combates por la liberación de esta urbe en diciembre de 1958, es el más emblemático de la ciudad.

De los parques, el Vidal resulta el más conocido, sin dejar de admitir que igualmente aparecen muy arraigados el de la Pastora y El Carmen, ubicado este último en el sitio donde se fundó la ciudad el 15 de julio de 1689. Allí, ese día, realizaron la Santa Misa y, a la sombra de un tamarindo, oraron con fe para que este nuevo asentamiento se desarrollara.

El más popular de sus sitios históricos, por supuesto, lo constituye el Monumento al Comandante Ernesto Che Guevara, que desde su apertura han visitado más de tres millones de cubanos y extranjeros.

Los santaclareños admiran la faz ecléctica de sus cuatro principales plazas, resultado de la diversidad de las épocas y los estilos que convergen en sus predios. Y también esa singularidad de contar con infinidad de puentes grandes, medianos y pequeños, algunos con sus leyendas, que les permiten un tránsito más rápido.

Veneran las numerosísimas bombas de agua que existen en los interiores de las casas, o en espacios públicos, las cuales les sacian la sed cuando se escurre el agua del acueducto.

¿Adónde van más los habitantes de aquí, más allá de las zonas comerciales en busca de productos o de los centros recreativos? Al Parque Vidal a encontrar la brisa refrescante o descubrir la Venus de sus sueños. O porque, necesariamente, hay que atravesarlo para enrumbar hacia disímiles puntos.

Son originalidades de una ciudad y su gente, unas más notables en comparación con otras, en ese ajiaco de la historia de esta villa, que hace ya más de tres centurias emprendió su caminar persistente, sin paradas. Porque el renuevo constante asegura la supervivencia. Y eso, bien lo sabían los fundadores y los que siguieron después.

Juventud Rebelde.cu

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