Abel Santamaría: segundo al mando del ataque al cuartel Moncada

Abel Santamaría Cuadrado

Abel Santamaría Cuadrado, segundo al mando en las acciones del Moncada.

Por Argentina Jiménez.— Nacido en Encrucijada, Las Villas, actual provincia de Villa Clara, al centro de la Isla, Abel Santamaría Cuadrado se trasladó  a La Habana en 1947 en busca de mejores condiciones de vida y con la idea de proseguir estudios.

 

De espíritu patriótico desde pequeño -en primaria ganó un premio por una composición en la que exponía sus ideas sobre las prédicas martianas y las figuras de Maceo y Máximo Gómez-, cultivó el hábito de la lectura y  tenía como libros  de cabecera obras del Apóstol  de Cuba y de los clásicos del m

arxismo leninismo. Después de conocer a Fidel Castro, en 1952, el líder revolucionario le sugeriría cómo estudiar esos textos.

Desde su primer encuentro ante la tumba del obrero Carlos Rodríguez en el  Cementerio Colón, afloró la empatía entre  ambos jóvenes  que los unió para siempre y Abel, quien, por sus cualidades excepcionales  llegó a ser segundo al mando del asalto al cuartel Moncada,  secundó al líder revolucionario en sus ideas de llevar adelante un movimiento dirigido a liberar a la patria. Con ese objetivo desarrollaron juntos  disímiles tareas.

Él y un grupo de compañeros identificados con el pensamiento de Fidel, determinaron actuar en acciones clandestinas, y su vivienda de la calle 25 y O. en el Vedado, pasa a ser el sitio principal –una especie de cuartel general- donde se reunía la Dirección del Movimiento. Con la colaboración de un primo suyo publican un periódico para hacer llegar las ideas revolucionarias al pueblo, lo denominaron Son los mismos;  posteriormente, a sugerencia de Fidel, lo llamaron El acusador;   pocos meses después, por una delación,  los agentes del SIM  (Servicio de Inteligencia Militar) de la dictadura de Fulgencio Batista irrumpieron en la imprenta donde lo hacían  y se llevaron detenidos a sus editores.

Cuentan que era serio,  estudioso, jovial, preocupado por sus compañeros, en particular de su hermana Haydée, a quien llevó a vivir con él, y de Melba Hernández, ambas participantes en la acción y detenidas el 26 de julio de 1953. Todos los que visitaban el apartamento de 25 y 0 conformaban una tropa muy unida en la vida cotidiana y en la lucha.

Fueron  meses de intenso ajetreo en los preparativos del ataque a la segunda mayor fortaleza del régimen en la oriental provincia de Santiago de Cuba,  –que el resto de los compañeros desconoció hasta el mismo día del histórico hecho-: entrenamiento, precisión de planes, acopio de armas, uniformes, y todo lo necesario para llevar a cabo el propósito perseguido, durante los cuales sobresalió siempre Abel por su extraordinaria visión política y su permanente optimismo. Con estricto sentido de la disciplina acataba las orientaciones de Fidel, a quien fue leal hasta el último hálito de vida.

Llega el momento de la verdad y parte para Santiago de Cuba,  se hace cargo de la  granjita Siboney, alquilada a su nombre por Renato Guitart, quien aparecería  como socio suyo -el fungiría como administrador-, en el negocio de pollos. Enseguida traba relaciones amistosas  con los pocos vecinos del área, lo que le serviría de fachada para los verdaderos propósitos del Movimiento.

Paralelamente, él y Renato cumplían otras tareas en la capital oriental: chequeo de las postas del Moncada,  recorridos de las guardias, del hospital Saturnino Lora – desde donde un grupo de combatientes, al mando de Abel,  dispararían a la hora del combate, alquilar locales para albergues, prepararlos, hacerse de armas y cartuchos, ser anfitriones de algunos compañeros que iban desde La Habana a cumplir determinada misión y también recibir y guardar en lugares apropiados lo que llegaba destinado para la operación.

De incesante movimiento fueron los dos días previos al ataque, pero en medio del fragor revolucionario encontró tiempo para llevar a pasear a los vecinos de frente a la granjita -la familia de Ángel Núñez, ya mayores-, lo que denota su carácter afable y humanitario. Ese fue el último paseo de Abel en su corta existencia.

La  madrugada de la Santa Ana, al distribuir Fidel las tareas, el joven es designado para comandar el  grupo que tomaría el hospital civil Saturnino Lora, para desde allí disparar hacia el enclave militar, al igual que haría el grupo que iría al Palacio de Justicia, en apoyo al asalto.  Él quería ir en el de la vanguardia a fin de preservar a Fidel, pero el jefe revolucionario lo convenció: “ Mi puesto está al frente de los combatientes. No puedo estar en otra parte. Pero tú, Abel, es preciso que vivas. Si yo muero, tú me sustituirás”. Tal era la confianza depositada en él por el líder del Movimiento.

Triste resultó el desenlace final;  detenido y llevado al cuartel, fue horriblemente torturado,  los jenízaros se ensañaron con él hasta matarlo.

Y cómo lo defendió  Fidel en el juicio por el asalto al Moncada, cuando le dijeron que   había extraído dinero de la casa donde trabajaba para engrosar los fondos de la Revolución:“Esa es una calumnia infame; la memoria de Abel no la pueden manchar. Había que conocerlo, Abel era el más valiente, el más recto; era honesto. No puede pensarse nada deshonesto de su persona…”

De él también dijo que era “el más generoso, querido  e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante la historia de Cuba”.

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