Serán llevadas a Cuba cenizas del poeta Eliseo Alberto

Eliseo Alberto Diego.

El poeta cubano Eliseo Alberto Diego.

El escritor cubano Eliseo Alberto Diego falleció en la ciudad de México a los 59 años, después de un transplante de riñón. Cumpiendo su voluntad, sus cenizas serán llevadas a Cuba por su hermana Josefina Diego.

Lichy, hijo del poeta Eliseo Diego y sobrino de Cintio Vitier y Fina García Marruz, permaneció internado en el Hospital General de la capital mexicana, donde el pasado lunes 18 de julio recibió un trasplante de riñón y tras varios días de permanecer en terapia intensiva, falleció.

Eliseo Alberto, Lichi, en el recuerdo
Publicado en http://www.cubaliteraria.cu

Por Enrique Saínz.— Eliseo Alberto Diego García-Marruz, Lichi, falleció hoy 31 de julio en Ciudad México, después de un angustioso período de espera de un trasplante renal que al fin pudo realizarse. Había nacido en septiembre de 1951, en La Habana, en una familia de extraordinaria importancia para la cultura cubana. Su infancia, junto a su hermano Constante Diego, Rapi, y su hermana Josefina, Fefé, nacida el mismo día, transcurrió en un entorno espiritual y natural que siempre los acompañó como una fiesta interminable.

En la casa de Arroyo Naranjo, rememorada con tanto amor por Fefé en su libro El reino del abuelo (1993), con prólogo del propio Lichi, se reunían los domingos, entre otros familiares y amigos muy queridos, con los tíos Felipe Dulzaides y Cintio y Fina, con los primos Sergio y José María, y con Lezama, Agustín Pi, Octavio Smith. Aquello era una especie de Paraíso entre juegos de niños y de adultos, fiestas navideñas, cumpleaños, música, poesía, representaciones teatrales, recuerdos, sueños de naturaleza diversa en un entorno de texturas, sonidos, luces y sombras que los años no pudieron borrar. Allí pasaban los días y los años de manera imperceptible, hasta que llegó el momento, en 1968, de dejar atrás esas vivencias y trasladarse a La Habana con la tristeza de saber que el tiempo transcurrido en aquellos espacios habría de quedar allá intocable, salvado sólo por la memoria.

Para toda la familia comenzaba una nueva etapa durante la cual Lichi se haría un escritor importante, muy conocido dentro y fuera de Cuba, después de iniciar su carrera literaria con el poemario Importará el trueno (1975), al que siguió otro que tituló con un verso de su padre: Las cosas que yo amo (1977). Continuó entonces este joven adentrándose en lecturas y enriqueciéndose con diferentes vivencias, hizo periodismo (una parte del cual compiló en su libro Una noche dentro de una noche, 2006), guiones para cine (Guantanamera, 1997, dirigida por Tomás Gutiérrez Alea), ejerció la docencia como profesor en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños (Cuba), tuvo amores, se radicó en México en 1988, alcanzó la paternidad en una hija que siempre ha estado a su lado hasta los últimos instantes. De esa multiplicidad y del talento heredado y cultivado han salido significativos textos narrativos que sin duda quedarán como muestras relevantes de la prosa cubana escrita fuera de la Isla: La eternidad por fin comienza un lunes (1992), Caracol Beach (1998) –ganadora del Premio Internacional Alfaguara de Novela ese mismo año–, La fábula de José (2000), El retrato del Conde Eros (2008), entre otros libros que le dieron nombradía. Jovial, lúcido, agudo, conversador, cubano esencial, su diálogo era grato e inteligente, colmado de innumerables anécdotas, salpicado de citas cultas y populares, con recuerdos de vivencias tristes o alegres, pero siempre evocadas con una sonrisa similar a la de su padre, dichas con un tono pausado y respiración entrecortada que también nos hacían revivir la imagen de Eliseo.

Los que tuvimos la oportunidad de conversar con él en encuentros familiares, en conmemoraciones o en momentos que la casualidad nos entregó, hallábamos cada vez a la misma persona serena, risueña, con una alegría muy suya que nada era capaz de perturbar, al menos en lo más externo. Sus textos literarios y periodísticos, cualesquiera que fuesen sus pretensiones y búsquedas, quedarán en nuestra memoria y en el acervo de la cultura cubana como testimonios de un escritor apasionado, con un loable dominio del oficio y una claridad meridiana, virtudes que iremos confiadamente a buscar en sus textos para conocernos mejor y de una manera más profunda.

La cultura latinoamericana ha perdido a uno de sus hijos importantes; la familia Diego-García Marruz a uno de sus herederos por la sangre y por el espíritu. Recordemos este precioso retrato que hace de él Fefé en El reino del abuelo: “Lichi habla poco, juega solo, prefiere el silencio de sus soldaditos mudos o la compañía de los primos más pequeños. Ha creado un mundo de maravillas, sólo de él; lo explora y regresa, y yo no sé cómo acompañarlo. Mi hermano juega con sus sueños, conoce su felicidad, imagina a su hija. Por eso sonríe para sí, tan dulcemente.”

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