Bola de Nieve en su centenario

 

 

Bola de Nieve

Ignacio Villa (Bola de Nieve), en el centenario de su nacimiento.

Cantante, pianista y compositor. Rita Montaner lo bautizó como Bola de Nieve. Nació en Guanabacoa el 11 de septiembre de 1911. Estudió música en el Conservatorio Mateu de su ciudad natal. Comenzó actuando en el cine silente de su villa. En 1933 trabajó en México acompañando al piano a Rita Montaner.

Como cantante lo caracterizaba un estilo original y muy personal de interpretación. Autor de las canciones Si me pudieras querer, Ay amor, Tú me has de querer, entre otras. Murió en Ciudad México el 2 de octubre de 1971. Sus restos reposan en el cementerio de Guanabacoa.

 

 

 

 

Bola

Por PEDRO DE LA HOZ

1.

¿Cuál es la clave que ha hecho de este hombre, este músico, este artista, este cubano universal de piel negra y brillante y cara redonda y voz áspera, pequeño de estatura, regordete, con algo o mucho de güije y chicherekú, una leyenda?

De acuerdo con el poeta Roberto Fernández Retamar, “se recuerda la primera vez que uno oyó a Bola de Nieve como un cubano recuerda la primera vez que vio la nieve; como algo natural y misterioso que daba alegría y, desde luego, un poco de tristeza; que uno sabía que iba a contar después. Pertenezco a la estirpe feliz de gentes que han oído a Bola de Nieve”.

Lo cierto es que en Nueva York, en un teatro del off off Broadway se agotan las entradas para ver un espectáculo que intenta atrapar el mito en la escena; un grupo de amigas suizas se ponen de acuerdo para colocar los acordes iniciales de su versión de No puedo ser feliz en el tono de sus teléfonos móviles; un joven realizador español se lanza a la aventura de reconstruir su estampa en un documental; un trovador cubano lo imagina todavía abriendo y cerrando la noche en el Monseigneur.

2.

Ahí están los hitos de su biografía. Ignacio Villa, natural de Guanabacoa. Fecha de nacimiento: 11 de septiembre de 1911. Familia humilde, temprano talento musical. Estudios académicos limitados en el conservatorio Mateu. Por su origen étnico y su entorno familiar, la meta era ser maestro. Oído despierto para juntar en su sensibilidad dos tradiciones: los grandes clásicos de la música occidental y la savia de los cantos y los toques de los cabildos y solares. Beethoven con Yemayá, Verdi más los rezos a Ochún. El mito de Sikán en las volutas de las catedrales góticas.

Se ganó la vida de muchacho tocando piano en las tandas de películas silentes de los principales cines de la villa. Rita Montaner, también de Guanabacoa, lo descubre y un buen día le encaja el apodo. Un negrito gordo de sonrisa reluciente solo puede llamarse Bola de Nieve. ¿O era que desde antes sus compañeros de adolescencia le nombraban así? Toca el instrumento en teatros habaneros y mexicanos. Entra en contacto profesional con Gilberto Valdés y Ernesto Lecuona.

Y canta. No sabe ni él mismo cómo se atreve en México la primera vez en público. Canta primero para suplir un vacío en el espectáculo. Y la voz de persona, de pregonero de frutas por las calles de los suburbios, le sale redonda como su sobrenombre, una voz visceral e irrepetible.

3.

Se conoce a sí mismo. No pretende emular con Rubinstein ni Rachmaninoff. Pero lleva por dentro la pulsación precisa, el toque exacto, los arpegios y acordes que cada intención se merece.

Tampoco pretende colocar la voz como Tita Rufo ni encandilar a los oyentes con la tersura atenorada del incomparable Enrico Caruso. Ni siquiera aspira al registro cristalino de Pablo Quevedo para los sones y boleros.

Todo lo transforma a su íntima y enorme medida. En Drume negrita, de Eliseo Grenet, susurra e increpa desde el cariño al niño imaginario; su versión de la antológica pieza del mismo compositor, Ay mamá Inés refulge en cada inflexión sonera; le presta a Nicolás Guillén la entonación con que el poeta soñó sus Motivos de son; y pregona El manisero, de Moisés Simmons con una gracia inimitable.

Voz y piano en los boleros hasta adentrarse en el territorio del filin. Dos acordes le bastan para construir la atmósfera que le corresponde al Adiós felicidad, de Ela O’ Farrill; se expande más allá de la emoción en el Ya no me quieres, de María Grever: conversa hasta lo indecible el Me contaron de ti, de René Touzet: y parte el corazón de tanta angustia en el Vete de mí, de los Hermanos Expósito.

También fue el hombre espectáculo. Por ahí está el artista con orquesta acompañante, de esmoquin severo y porte de figurín, dómine de las artes del music hall en el Mesié Julián, que le dedicó Armando Oréfiche. El brasileño Caetano Veloso, subyugado por el cubano y ya en trance de armar el repertorio de Fina estampa, donde incluyó de Oréfiche la mórbida Rumba azul, pensó en Mesié Julián, pero se arrepintió a tiempo. Comentó al productor del disco que Bola solo había uno.

Marta Valdés lo escucha una y otra vez en Tú no sospechas. Y tuvo razón esta también esencial mujer cuando escribió: “Cuando una canción cristalizaba en una versión de Bola, ya estaba salvada para la sensibilidad de los demás. Comenzábamos a necesitarla siempre a su manera, para sentirla renovarse muchas veces dentro de nosotros, a partir del gesto invariable, de la pausa imprescindible. Fue así como nos hizo depositarios de su hazaña”.

4.

Siempre hay un espacio para Bola al filo de la madrugada, sobre todo en esos días en que algún gorrión anida en lo más hondo del pecho. A ese capítulo pertenecen sus obras personales, en las que fue posible advertirlo, como diría el poeta, diestro en soledades y esperanzas.

Es un Bola diferente al de Mamá Perfecta, auténtica joya de su asunción folclórica. Es el Bola que retrata su ansiedad amatoria en si me pudieras querer, o se abandona doliente en Ay amor.

5.

Cuando llegó enero de 1959, algunos de sus compañeros se fueron; él se quedó. Continuó dándole vueltas al mundo en su condición de embajador de la cultura de los nuevos tiempos de su patria.

Alguna vez, desde otra latitud, le pidieron que se definiera y respondió: “Soy marxista, fidelista y yoruba”. Aunque nadie vio un texto de Marx en su nutrida biblioteca y sí una foto de la entrada de los barbudos a La Habana y rente al piso, minúsculo pero perceptible, una figurilla de Eleguá.

Vísperas de las conmemoraciones aniversarias del 26 de julio ofreció conciertos personales en el teatro Amadeo Roldán.

6.

Dicen que pasó del sueño a la eternidad en la madrugada del 11 de octubre de 1971 en la altura fatal de Ciudad de México, de tránsito hacia Lima, donde debía cantar a Chabuca Granda el inefable pasillo La flor de la canela.

Dicen que los orichas le soplaron al oído que el viaje era peligroso por la hipertensión y el comienzo de una diabetes, que le hiciera caso a los médicos, que para algo diagnostican sobre la base de la ciencia.

Dicen que a la hora de su muerte una bandada de gaviotas desafió la noche para conquistar el mar.

Dicen que por las calles de Guanabacoa se dejó escuchar con empaque lorquiano su Caballero de Olmedo.

7.

¿Cuál es entonces el misterio que ha hecho de este hombre, este músico, este artista, este cubano universal de piel negra y brillante y cara redonda y voz áspera, una de las más tremendas y lúcidas y entrañables leyendas de nuestra identidad? ¿Cómo explicar el crecimiento incesante de la legión de admiradores entre los que no lo conocieron, ni escucharon en vivo sus interpretaciones, ni disfrutaron su risa sideral ni sus lágrimas únicas y hoy le rinden culto? ¿No será que se siente a Bola instalado en esa dimensión que algunos llaman nostalgia de futuro?

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Una respuesta a “Bola de Nieve en su centenario

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