La soledad, una enfermedad del alma

Anciana.

«No es difícil llorar en soledad, pero es casi imposible reír solo».

Por Liena María Nieves Portal.— Para nadie es un secreto que los años no se conforman con arrebatarnos la tersura de la piel hoy; el paso rápido y firme mañana; e incluso, los deseos de emprender ambiciosos proyectos, porque muchas veces el tiempo desgasta hasta la voluntad.

Sin embargo, a lo que jamás podremos acostumbrarnos será a recluirnos en nosotros mismos; sí, porque quizás te rodeen una docena de familiares, pero ello no resulta suficiente para espantar la soledad. Y es precisamente esta pesada sensación de asilamiento la responsable de que muchos ancianos —demasiados, diría yo— envejezcan de espíritu.

La vida obsequia mucho en los primeros años, como una racha de buena fortuna que de un aletazo nos regala una pareja, una familia, un trabajo. Pero el calendario resulta un juez inexorable, y nos sentencia a otra etapa en que se alejan los hijos, no porque nos quieran menos, simplemente, llegó su momento de crecer solos; y asistimos con una frecuencia que asusta, a la despedida sin retorno de amigos, parientes, y de gente muy parecida a ti, casi de tu misma edad. Eso alarma en cualquier minuto de la vida, pero en los ancianos constituye un serio tropiezo con la realidad para la cual ni héroes ni hombres están preparados.

Casi nadie se toma la molestia, cuando juzgan a sus padres, abuelos, suegros, de preguntarse por qué muchos se empeñan en existir evocando perennemente un pasado que ya fue. Que si no se amoldan a la cotidianidad de hoy, agresiva incluso para los más jóvenes; que si prefieren deprimirse frente a viejas fotografías antes que tomar la vida como venga; que no dejan de asistir a un funeral, y sin embargo, ponen peros a la invitación de pasarse el fin de semana en un campismo.

Tómese un minuto para pensar en cuán difícil puede ser para un anciano acomodar años y años de costumbres y recuerdos para que la familia no los considere objetos arcaicos cuya única función se limita a buscar el pan cada mañana. Cuando ya no queda espacio para sus libros y tienes que renunciar a la habitación de toda la vida porque se casó la nieta, y te percatas de que con una sutileza firme te fueron alejando de la cocina que adorabas, pues consideran que esas recetas patrimoniales gastan demasiado aceite, la solución más común resulta enclaustrarse en la soledad.

Rara vez somos capaces de colocarnos bajo la piel del otro, y claro, es más fácil afirmar que los viejos tienden a encerrarse en sí mismos que intentar comprenderlos. La vejez debe asumirse con expectativas, jamás como una derrota, pero en ese tránsito de la existencia mucho se agradece el apoyo de los seres que amamos, y que han de aceptarnos así, con manías y gustos raros que dentro de algún tiempo sorprenderán en ellos. Y no a modo de charla existencial, sino como un consejo, comparto con ustedes esta frase de Dulce María Loynaz, alguien que creyó en la poesía de la vida hasta su última hora: «No es difícil llorar en soledad, pero es casi imposible reír solo».

Publicado en CMHW

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