Mamá, ellos ¿SON? de la loma

Poco a poco, el Escambray se queda sin habitantes. Hay parajes en los que uno camina kilómetros y kilómetros sin toparse con nadie. El periodista de Vanguardia, Norland Rosendo González, investigó las causas de este éxodo, para un reportaje que publica en su edición sabatina el semanario villaclareño:

Éxodo del Escambray villaclareño.

Una mirada humorística al éxodo del Escambray villaclareño, por el caricaturista Pedro Méndez Suárez .

Camino a Jibacoa, por la radio del carro escucho el estribillo de una canción de Miguel Matamoros: Mamá, ellos son de la loma, / mamá, ellos cantan en llano […] Aún la neblina abraza con su manto blanquecino las esbeltas lomas, y los recogedores de café hace rato están empapados de rocío.

Dentro de cuatro años —auguran los especialistas—, la producción del grano debe ser mucho mayor que las 49 toneladas actuales, y por tanto, aumentará la demanda de fuerza laboral en los cafetales.

«La idea es que los propios serranos asuman esa faena, sin movilizar gente del llano ni estudiantes en el período de escuela al campo», asevera Lázaro Herrera Velazco, vicepresidente del Consejo de la Administración municipal de Manicaragua que atiende el Plan Turquino.

Sin embargo, estadísticas de la Oficina de Registro de Consumidores (ORC) de Jibacoa revelan que de los 6 mil 328 censados en el 2004 en aquella parte de las montañas, han emigrado unos 715 como mí­nimo, cifra a la que habría que sumar algunos que viven fuera de esta zona, y aún compran su cuota allí.

En los últimos dos años el éxodo ha sido notable. De 20 viviendas en Can Can, más de la mitad permanecen vacías. Guanayara llegó a tener cerca de 400 habitantes y hoy no pasan de 50. De Picos Blanco, diez familias desean irse también. En Sabanita existen más de diez casas confortables, pero sin elec­tri­cidad, por lo que solo dos personas viven en ellas; aunque Arro­yo Bermejo, a unos tres kilómetros, sí dispone de ese servicio.

EN BUSCA DE UN AULA

Para Alberto Suárez Oliva, presidente del Consejo Popular de Jibacoa, las causas fundamentales del éxodo radican en que no hay una coherencia entre la estrategia para el desarrollo económico y el social. En la medida en que se recupera la producción cafe­ta­lera, disminuyen las escuelas rurales.

A su homólogo en La Herradura, Juan Carlos Romero Musolini, licenciado en Estudios Socioculturales, le preocupa que el reordenamiento del sistema educacional solo haya tenido en cuenta la matrícula. «Sabemos que la decisión busca ajustar el presupuesto del sector a las necesidades del país. Pero no resulta lo mismo trasladarse tres o cuatro kilómetros en el llano, por donde transitan carros y guaguas, que hacerlo en la montaña, a pie o a caballo. Varias familias han emigrado para que sus hijos puedan es­tudiar sin caminar tanto o albergarse desde edades tempranas.

«Si los padres los llevan a caballo, apenas podrán dedicarle tiempo al campo. Se pasarán el día en ese ajetreo: llévalo por la mañana, búscalo por el mediodía, retórnalo después de almuerzo, vuelve por la tarde».

Idelmis Martínez Ojeda vive en Manantiales, un asentamiento de 40 viviendas beneficiado con una microhidroeléctrica; aunque no tiene ni un teléfono para emergencias. Lo que más le preocupa es la escuela, «si la quitan, nos mudamos, ya está decidido», asevera esta mujer de 44 años.

Esa fue la opción escogida por Mariano Gómez de Armas, quien trasladó su hogar de Can Can hacia La Felicidad (provincia de Sancti Spíritus) tras el cierre de la escuelita, pues la más cerca distaba más de cinco kilómetros.

De 40 instalaciones educacionales en la zona del Plan Turquino villaclareño, quedan 17, confirma el Vicepresidente del Consejo de la Administración Municipal, y añade que la mayoría de ellas tenían una matrícula menor de cinco alumnos.

Varios entrevistados piden que el asunto sea evaluado de manera integral, pues el ahorro en el presupuesto de Educación podría implicar un gasto mayor cuando no haya fuerza de trabajo para las labores cafetaleras, además de otras consecuencias muy la­mentables como resultado de la despo­bla­ción del lomerío.

Lo cierto es que muy pocos están dispuestos a albergar a sus pequeños; aunque ya hay tres niños de primero y segundo grados con ese régimen en Jibacoa. Ellos requieren de alimentación reforzada, transporte (no lo tienen porque ninguno sube a su lugar de residencia) y una seño que los cuide de manera permanente.

LA NOCHE ACABA CON LA TELENOVELA

A Vismar Santos Hernández, joven de 33 años, le duele que la gente abandone la serranía. «Es duro el desarraigo, pero a muchos no les queda otra opción ante el deterioro de las condiciones de vida en estos lugares», afirma.

Él considera que se han agudizado los problemas del transporte público, y hay escasas oportunidades para el entretenimiento y la satisfacción de necesidades intelectuales.

La situación del parque de transporte del municipio resulta tensa, lo que repercute más en las rutas rurales que requieren de vehículos con condiciones técnicas especiales por las complejidades de los accesos, asegura Herrera Velazco.

Existen localidades como Guanayara y Picos Blanco a las cuales apenas suben dos veces a la semana en carros sin el confort mínimo, pues carecen de techo (una lona, al menos) para protegerse de los frecuentes aguaceros, y de algunos bancos para las embarazadas, madres con hijos pequeños, ancianos y enfermos.

La guagua que sale de Jibacoa hacia la cabecera municipal a las 6:00 a.m. ha estado muy inestable, lo cual pone en tensión a las per­sonas que deben acudir a turnos médicos u otras gestiones.

En ella también viajan alumnos para el IPU de Manicaragua, quienes prefirieron esa institución antes que albergarse en el centro mixto Alberto Delgado, de La Campana, a unos 25 kilómetros, tras el cierre de la enseñanza preuniversitaria en la montaña.

Aunque existe una infraestructura amplia: Casa de la Cultura, Sala de Video, Joven club de Computación y Electrónica, y varias instalaciones de gastronomía, Santos Her­nán­dez opina que falta variedad en las opciones recreativas. «Basar las ofertas en música grabada y la venta de ron y cerveza, solo consolida la cultura alcohólica», añade.

«A mí me parece que no resulta difícil reu­nir a varios jóvenes y pedirles criterios sobre qué quieren y cómo podemos utilizar mejor los recursos y el talento artístico disponibles. Lo mismo se podría hacer con otros grupos de edades que tampoco se sienten satisfechos», sugiere Ismael López Martínez, un hombre que habla con pasión de su identidad rural. «No le veo mucha lógica a traer un grupo musical a las 2:00 de la tarde un día laborable, ¿para que lo disfrute quién?», inquiere.

Los trabajadores sociales reconocen que el actual proceso de reordenamiento laboral ha obligado a los disponibles a buscar empleo en otras regiones, y algunos de los que han tenido suerte, se han mudado definitivamente.

Aquí solo hay agricultura, se lamentan, y muchos jóvenes cursaron estudios en otras especialidades, por lo que deben emigrar pa­ra poder ejercerlas. Por fortuna, ahora au­mentan las carreras de perfil agropecuario.

SIN LOS BENEFICIOS DE ANTES, PERO…

Cuando el Plan Turquino comenzó en la década de los 80 del siglo pasado, los consumidores recibían privilegios, sobre todo, en la canasta básica. Apenas quedan las galletas, una lata de carne de res y otra de sardina, además de ron y vino, asevera Carmen Pérez Zorrilla, quien hace 38 años labora en la ORC local.

No obstante, la oferta en la red de instalaciones de Gastronomía rebasa los 20 productos, la mayoría a precios módicos. «Con cinco pesos uno puede merendar muy bien en Jibacoa», enfatiza un hombre que lee detenidamente la tablilla informativa del merendero Sueños de la Montaña.

Limpio, ordenado y con un olor agradable, el establecimiento propone, entre otros alimentos, bocadito de queso, a 1,00; de jamonada, a 2,60; de chorizo, a 2,00; pan con tortilla, a 2,00 pesos; con hamburguesa a 1,90; marquesita con merengue a 1,00, y refrescos a diferentes precios.

El Mercado Agropecuario Estatal (MAE) pone a disposición de los clientes una abundante lista. Hay, entre otros, frijoles negros a 7,50 la libra y colorados a 8,10, arroz a 3,50, ajo, maíz, naranja, plátanos de varios tipos, fruta bomba, puré de tomate y carne de cerdo: la libra de pierna, paleta y lomo a 17,00 pesos, la costilla a 16,00 y a 13,00 la manteca en rama.

Además, los moradores de la capital del Turquino se refirieron a otros beneficios: la pavimentación (en la fase final) del vial que los une con Manicaragua, la tecnología para mejorar la recepción de la señal televisiva, los avances en la impermeabilización de los edificios, así como la calidad del pan y de los servicios de salud, que incluyen ultrasonido, rayos X, atención a gestantes, y laboratorio clínico y de prótesis.

Es octubre y la neblina da paso a un sol límpido y radiante. Durante el recorrido, Suárez Oliva comenta que sería muy provechoso dotar al asentamiento de un sistema de abasto de agua por gravedad, inversión que recuperarían con el incremento de las producciones agropecuarias.
De paso por el policlínico, vemos un transporte sanitario. «Ya lo tenemos permanentemente aquí», dice el presidente del Consejo Popular de Jibacoa, y respira hondo.

Sin embargo, hace cuatro años se rompió la ambulancia fluvial que prestaba servicios a los residentes en las márgenes de los 32 kilómetros navegables del lago Hanabanilla.

«La gente va y viene en botes —dice Miguel Yera Morera—, quien vive al otro lado de la presa, pero cuando hay un enfermo o un accidente, el viaje se vuelve muy lento a remos; y si el viento sopla en contra, peor».

Mercedes Oliva Rodríguez sufre también la falta de la embarcación sanitaria. «Yo tengo dos hijos que enferman a menudo, y cuando sucede, hay que enviar a alguien hasta Jibacoa para que localice la ambulancia o algún carro que pueda subir hasta Manantiales. En lo que bajan a pie o a caballo, avisan y pueden enviar un vehículo, transcurren horas; sin embargo, antes localizaban al lanchero por la planta y este estaba allá en diez minutos».

A pesar del calor del mediodía, una mujer barre las calles del pueblecito en silencio, protegida por un sombrero de ala ancha.

—Y usted, ¿no quisiera mudarse de aquí?
—Deje, a mí me gusta este pueblo. Posee sus encantos, aunque ya no sea como antes, replicó sin dejar de manipular la escoba.

Al regreso, mucha gente nos pide botella. Entonces, me viene a la mente un cambio de estribillo para la canción de Miguel Mata­moros: Mamá, ellos ¿son? de la loma, / mamá, ellos viven en llano.

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