Centenario de la muerte de Joaquín Albarrán

Joaquín Albarrán

Foto original de Joaquín Albarrán atesorada en el Museo Municipal de Historia de Sagua la Grande.

Por Narciso Fernández Ramírez.— Todavía vivía el brillante médico cubano, considerado el mejor urólogo de su época, cuando la ciudad de Sagua la Grande le erigió un monumento —una estatua tallada en mármol blanco— al famoso doctor en vías urinarias Joaquín Albarrán Martínez. El centenario de su fallecimiento, ocurrido el 17 de enero de 1912, lo acabamos de conmemorar esta semana.

La loable iniciativa local, encabezada por el historiador Antonio Miguel Alcover, de rendirle este tributo, se materializó el 1ro de enero de 1911, cuando también quedó develada una placa en la casa que lo viera nacer el 9 de mayo de 1860.

Lejos estaban los sagüeros de imaginar que, apenas un año después, casi por los mismos días, fallecería Albarrán con apenas 51 años, víctima de la tuberculosis contraída cuando operaba de un riñón a un paciente aquejado de esa terrible enfermedad.

Joaquín Albarrán

Fotocopia de Albarrán de joven. Cortesía de su bisnieta Christine Roger, que la donó al museo municipal de Sagua.

Albarrán fue el primer cirujano en Francia que realizó la prostatectomía perineal, una operación sumamente compleja,  para el tratamiento del cáncer prostático, y el inventor de un instrumento conocido como uña de Albarrán. El prestigioso científico ganó tres veces el Premio Goddard, de la Academia Francesa de Medicina, y legó importantes aportes a la ciencia.

Anteriormente, la Villa del Undoso había reconocido en dos ocasiones el talento de su distinguido coterráneo: el primero ocurrió el domingo 20 de septiembre de 1885, día en que el pueblo de Sagua la Grande recibió a su hijo predilecto, cargado de grandes triunfos, y le organizó una gran fiesta en el viejo Casino Español, donde brindaron por él los eminentes doctores Bonet, Planas, Rodríguez, y Figueroa, entre muchos coterráneos contentos de tener al sabio entre  ellos.

Tenía entonces Albarrán apenas 25 años y era ya un especialista de gran prestigio, con estudios de Medicina, primero en España y luego en París. Se cuenta que en un momento de emoción, respondió así a los elogios de sus colegas: «Las canas aplaudiendo a un imberbe son un bálsamo a mi corazón y un estímulo a mi inteligencia».

Un segundo homenaje se le ofreció a Joaquín Albarrán cinco años más tarde, en 1890. Por entonces, el afamado especialista de 30 años estaba en el cénit de su carrera, y era considerado por la ciencia médica entre los mejores del mundo en el campo de la urología. Fue recibido con un gran banquete en el Teatro Uriarte y un baile en el Casino Español, y enaltecido con la distinción de Hijo Predilecto. También, en su honor, se efectuó una velada literario-musical en el Casino de Artesanos.

En el banquete que sus colegas le organizaron, levantó el médico cubano su copa para decir: «Brindo, señores, porque se le den a Cuba los elementos que le faltan para su completo desarrollo científico y por el porvenir de la ciencia, que tendrá consigo el porvenir moral y material de la tierra en que nacimos». Palabras suyas que serían esculpidas con posterioridad en el monumento a su memoria, en el parque sagüero que lleva su nombre.

Fue Joaquín Albarrán un cubano agradecido y orgulloso de la tierra que lo vio nacer. Ante una ofensa al sabio cubano Carlos J. Finlay, a quien se le quería arrebatar el mérito de descubridor del agente trasmisor de la fiebre amarilla, exclamó indignado: «¡Atrás, nada contra Cuba, nada contra los cubanos!».

También, en el agasajo de 1890, en entrevista concedida al diario El Fígaro, defendió con hidalguía sus orígenes: “Si los azares de la vida me han hecho adoptar por patria a la gran nación francesa, nunca olvido que soy cubano y siempre tenderán mis esfuerzos a hacerme digno de la tierra en que nací”.

Recuerda la memoria histórica sagüera, atesorada en el Museo Municipal General José Luis Robau, que conocida en la Villa del Undoso la enfermedad mortal que aquejaba a Albarrán, sus pobladores no dejaron de enviar decenas de telegramas en esos primeros días de enero de 1912 en los cuales se interesaban por su salud.

Y hasta su casa en París acudió a visitarlo uno de sus mejores amigos de la infancia, el Dr. Tomás Hernández, último sagüero que lo vio con vida, a quien Joaquín Albarrán le pidió trasmitir a sus coterráneos lo siguiente: “Dile a los sagüeros que mi último pensamiento es para ellos”.

Así lo cumplió el eminente médico, quien dejó dispuesto poco antes de  morir  que todos sus atributos y trofeos científicos fueran entregados al  Ayuntamiento de Sagua. Esa voluntad se respetó y cumplimentó cuando el Dr. Bango los trajo y entregó en sesión solemne para ser depositados en una elegante urna en el Salón de Conferencias.

Hoy, una parte de ellos, están expuestos en el Museo Municipal, donde sobresale la Medalla de Oro del Premio de los Internados de París, ganada por Albarrán en 1888. Mientras que en La Habana, para su restauración, está desde el pasado año la toga del brillante médico.

El entierro del cubano en el cementerio parisino de Neuilly-sur-Seine fue extraordinario. Según describe el Diario de Sagua, que lo reseñó con posterioridad, asistió lo mejor de la intelectualidad francesa, así como destacados políticos de la época. En representación de su Patria, estuvo presente el general Enrique Collazo, enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la República de Cuba en Francia. En su honor fueron pronunciados siete sentidos discursos.

De dicha reseña, atesorada en el museo municipal, extraemos el siguiente párrafo:  «Los funerales de Albarrán fueron el domingo 21 de enero, ante una muchedumbre inmensa, de la que formaban parte personalidades políticas, como los Presidentes de la Cámara y del Senado franceses; celebridades científicas y un gran número de miembros de la intelectualidad francesa e hispanoamerican».

Mientras que en Sagua la Grande, la ciudad que viera nacer al sabio y por la cual siempre Albarrán sintiera amor y orgullo, las muestras de dolor fueron inmensas.

Ante su estatua, el reconocido intelectual Dr. Eduardo Francisco Rodríguez, Panchito, sintetizó el emocionado tributo sagüero con estas palabras:
«Joaquín Albarrán ha muerto, pero su voluntad a tono con su belleza y el bien, se inmortalizó en las victorias obtenidas en pro del Progreso Intelectual, Físico o Moral del Género Humano. Joaquín Albarrán ha muerto, pero su pensamiento, a tono con la verdad, es inmortal».

* Agradecimiento del autor a la especialista del Museo Municipal de Historia, Ana Margarita Cabrera Sánchez, cuya ayuda resultó inestimable en este trabajo de reconstrucción histórica.

 

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