Adiós al maestro titiritero Iván Jiménez

Iván Jiménez.

Iván Jiménez, fundador del teatro Guiñol de Santa Clara.

Por Carmen Sotolongo.— En la noche del 6 de febrero falleció Iván Jiménez Hurtado, director del Guiñol de Santa Clara. Esta vez no pudieron sus títeres interceder, pedirle un plazo a la Muerte, al menos para una función más. Se fue con proyectos incumplidos: celebrar con los suyos el aniversario 50 del grupo, el próximo 25 de mayo, reestrenar El Gulliver de los muñecos, Meñique y, si aparecía presupuesto, también Okán-Deniyé.

Soñaba retomar el trabajo que años atrás tuvo el Guiñol con niños aficionados; quería que nuestro teatro fuera una unidad docente para la formación de nuevos titeristas; planeaba aún dirigir la última obra que escribió, Volar. Y, sin embargo, se fue, con su morral lleno de haber cumplido bien la obra de la vida.

Iván se unió a la labor fundadora de Olga Jiménez y Allán Alfonso,  que, ciertamente, fue más allá de la mera creación del Guiñol, y a la cual debemos que sea hoy Villa Clara un territorio de muchos retablos. Fue actor, diseñador y constructor de mecanismos para títeres y escenografías; luminotécnico, operador de sonidos. También hizo de utilero, tramoyista, taquillero y hasta carpintero y albañil en las muchas ocasiones en que fue necesario.

Como dramaturgo, más de 15 montajes del Guiñol se deben a su autoría, además de numerosas versiones y adaptaciones de clásicos y autores nacionales. Como director general, supo situar a su colectivo  entre uno de los más destacados del país, distinguido por su alto grado de profesionalidad y potencia creadora.

Dirigió artísticamente espectáculos que recorrieron toda Cuba, Polonia, Nicaragua y España, siempre con mucho éxito de crítica y público. Entre ellos, se encuentran importantes puestas en escena como El ciclón de Güinía, La bicicleta azul y Okán-Deniyé —que participó en el festival Titirimundi, de Segovia—. Se destacó como director general y artístico en espectáculos gigantes en espacios abiertos, como el realizado por el aniversario 302 de la fundación de la ciudad de Santa Clara.

Iván se empeñó siempre en que su grupo alcanzara no solo metas artísticas, sino también de servicio a la comunidad llevando su arte a los barrios más apartados, a las casas de niños sin amparo filial, al Hospital Infantil, a los municipios y poblados más alejados, y a las zonas rurales intrincadas, incluyendo las de montaña.

Fue profesor de la Escuela Profesional de Arte Samuel Feijóo, perteneció a la Comisión Nacional para la evaluación de actores, fungió varias veces de jurado en importantes certámenes de teatro a nivel provincial y también en el Festival Nacional de Teatro de Camagüey. Era miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la fue acreedor a la Distinción por la Cultura Nacional.

A Iván Jiménez le fueron otorgadas más de 37 condecoraciones como artista y como ciudadano: entre ellas, las medallas de la Alfabetización, XL Aniversario de las FAR, Raúl Gómez García y Fundador de los CDR; el Sello de Oro por más de 50 donaciones de sangre, Distinción Juan Marinello, Diploma La Rosa Blanca, el Zarapico y el Premio Provincial de Teatro y Danza; Vanguardia Nacional por más de una década, y bajo su dirección le fue otorgado al Guiñol el Premio Provincial de Cultura Comunitaria y la Placa Avellaneda  por sus destacados aportes al teatro cubano.

En el Festival Nacional de Camagüey 2006 recibió la Placa Avellaneda en el orden individual. Recientemente, se le confirió la condición de Miembro de Honor de la UNIMA (Unión Internacional de la Marioneta) que su secretario en Cuba, Rubén Darío Salazar, vino a traerle hasta nuestra ciudad.

«La recibió junto al trío de oro —como gusta decirles el maestro Armando Morales a Iván, Olga y Allán—. Estaba trunco, pero no derrotado y tenía un entusiasmo por vivir que me apretó el pecho», manifestó Rubén.

El pasado martes, mientras era despedido en el cementerio de Santa Clara con una cerrada ovación, nos llegaban mensajes de condolencia de todos los titiriteros y teatristas que trabajan para niños en Cuba, y aseguraban que él se ha quedado en las manos que se alzan para animar a esos seres de papel, madera y cartón a los que se consagró por casi medio siglo.

Teatreros de otras provincias le dedicaron ese día sus representaciones, o hicieron una pausa en importantes actividades para brindarle un fuerte aplauso. Ahora nos toca preservar y continuar con respeto, con inmensa admiración, su legado excepcional, porque se nos fue el Maestro Titiritero, con su humilde grandeza, con su morral de títeres al hombro, a plantar su retablo en una estrella.

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