Centenario del nacimiento de Jesús Meéndez

Casa natal de Jesús Menéndez.

Casa natal de Jesús Menéndez, en el municipio villaclareño de Encrucijada.

Por Narciso Fernández Ramírez.— No hay nada en Encrucijada que no recuerde a Jesús Menéndez Larrondo, el negro humilde descendiente de esclavos que, a fuerza de tesón, ganó el sobrenombre glorioso de General de las Cañas.

En la finca La Palma, a la vera del camino que conduce hasta el poblado, nació el 14 de diciembre de 1911. Desde aquel humildísimo bohío campesino de guano y tabla de palma, se empinó el hijo del mambí Carlos y nieto del también soldado del Ejército Libertador Doroteo Álvarez, para convertirse en el más grande adalid de los trabajadores azucareros en Cuba y un líder continental de renombre.

Un dirigente comunista que logró arrancarles a los monopolios yanquis y a la oligarquía nacional el famoso Diferencial Azucarero, una de las mayores conquistas proletarias de la República Neocolonial.

Jesús solamente pudo estudiar hasta el cuarto grado, y a los 11 años quedó huérfano de madre, por lo cual tuvo que ir a vivir a casa de sus tías en Encrucijada. Al hablar arrastraba la letra erre como un francés renuente a olvidar su lengua, al decir de Nicolás Guillén en su conocida Elegía; por eso resultaba gracioso escucharle decir: carro, ferrocarril, cigarro y otras tantas palabras con esa consonante.

Pero qué fluido hablaba, y qué claro, afirmaban los humildes obreros de los bateyes azucareros y los cortadores de caña al escuchar al hijo de la difunta Adela dirigirles un discurso bien sazonado y con ideas fáciles de entender.

Y resulta que Jesús Menéndez Larrondo —el secretario general de la Federación Nacional de Trabajadores Azucareros (FNTA), la organización sindical más fuerte del movimiento obrero cubano, y representante a la Cámara por el Partido Socialista Popular— tenía don de gente y la rara cualidad de persuadir y convencer a todos; incluso, a los propios patronos y dueños de centrales azucareros, quienes accedían a beneficiar a los trabajadores influenciados por el verbo disua­sivo del dirigente sindical villareño.

Así pudo arrancarles al Imperialismo y a la oligarquía nacional los millones de pesos del llamado Diferencial Azucarero, acuerdo justo que tanto benefició a los trabajadores azucareros en las zafras de 1946 y 1947, y otras tantas medidas de un amplio sabor proletario.

Mas Menéndez no surgió de la nada. Cada calle de Encrucijada le vio de vendedor ambulante primero y de trabajador azucarero en el central Constancia después; y no hubo vega tabacalera de los alrededores en la que Jesús no trabajara. Allí se casó con Zoila, una de las hermosas hijas de los Cervera, y siempre regresó a Encrucijada cada vez que su escaso tiempo lo permitía.

El 22 de enero de 1948 fue asesinado de manera alevosa en la estación de Manzanillo: «Soy representante a la Cámara y no puedo ser detenido. Usted no puede violar la inmunidad parlamentaria. Lo siento, capitán, pero ya le dije que no puedo acompañarlo»,  le había dicho al esbirro que lo conminaba a seguirlo, al tiempo que le daba la espalda, y con paso elástico echaba a andar en sentido opuesto. Segundos después, una bala atravesó su corazón y puso fin a tan valiosa existencia.

Su muerte constituyó una de las mayores manifestaciones de duelo popular en los 56 años de República. Sus restos mortales fueron velados en el Capitolio Nacional. En la despedida de duelo, diría Blas Roca, entonces secretario general del PSP: «Él fue de los constructores de nuestro Partido, él ayudó a hacerlo; él le ha dado nombre y carácter, porque un partido vale siempre tanto como valen sus hombres y un partido que tiene a un hombre del valor de Jesús Menén­dez, es un partido que vale de verdad».

Gloria, Maravilla, compañera de luchas

Tiene 86 años, y una memoria que le hace justicia al apodo con que todos la conocen en Encrucijada: «Si dices Gloria García Pérez nadie sabe a quién te refieres, pero si dices Gloria Maravilla, entonces lo sabe hasta el gato».

«¿Que cuándo conocí a Jesús Menéndez? No, fue Jesús quien me conoció a mí, pues vino a verme recién nacida yo, con uno de mis hermanos mayores, contemporáneo con él. Así que siempre estuvo vinculado a mi familia y cuando mi madre enfermó de tuberculosis habló con ella y le pidió permiso para llevarme consigo a La Habana, alegando que le hacía falta para que le ayudara a criar a sus hijos. En verdad, lo hizo para evitar que me contagiara, y fue la manera que encontró para salvarme de aquella terrible pobreza en que vivía.

«Ya entonces, él era un dirigente sindical reconocido en toda Cuba, pero debo decirle que fue aquí en estas mismas calles en que surgió como líder. Recuerdo la Marcha contra el Hambre durante el gobierno de Machado. Tenía apenas 7 años, pero cierro los ojos y veo a Jesús pasando frente a mi casa, protestando contra la horrible miseria existente. Entonces él trabajaba en la escogida de El Medio, como le decían para diferenciarla de una que había en la entrada del pueblo y de otra en la salida. La Guardia Rural disolvió la manifestación a plan de machete y acusó a Jesús de ser el cabecilla, pero no pudieron cogerlo, pues corrió como un guineo.

«Físicamente, era un negro lindo, de facciones finas, de cuerpo estilizado y delgado. Hablaba arrastrando la r, pero era cortés y muy educado. Hay gente que dice recordar que Menéndez llegó un día a su casa y le pidió de comer, pues llevaba horas sin probar bocado, o una taza de café. Mentira, lo digo yo que lo conocí bien. Él era incapaz de pedir comida y el café no le gustaba y casi no lo tomaba, ni aun en su propia casa.

«A mí me ayudó mucho. Era una guajira cerrera que nunca había salido de aquí ni para ir tan siquiera a Calabazar. Así que llegar a La Habana en 1944 y ver tantos edificios y tanta gente junta fue algo bien grande. En la casa de Menéndez, en el reparto Lawton, viví hasta después de su muerte, cuando regresé a Encrucijada donde estaban los míos. Fueron cuatro años junto a él, que paraba poco en casa, su esposa e hijos y una de sus tías, Andrea, quien lo había ayudado a criar de pequeño, y a quien Jesús quería mucho y le daba todos los gustos que quisiera.

«No había día en que llegara, fuera a la hora que fuera, y que no le preguntara a su tía cómo había pasado el día y qué había comido, pues ella era de poco apetito. Y si había tiempo, le decía: “Tía, hoy vamos a comer temprano para dar una vuelta por La Habana para que conozca cómo viven los ricos y también los pobres.” Y en carro, manejando Alberto, su chofer, que era de Santa Clara, nos sacaba a pasear a todos por los barrios exclusivos y por los humildes.

«Por su intermedio trabajé en la Caja del Retiro Azucarero, que era dirigida por Idelfonso Augier, hermano del poeta Ángel; ambos de filiación comunista y excelentes personas los dos.

«La muerte de Jesús sorprendió a todos. Esa noche iba a una reunión del Partido Socialista Popular en casa de una militante llamada Ondina Callejas y como a las 8 y 10, aproximadamente, interrumpen la Novela del Aire y el locutor de la emisora Mil Diez anuncia: ¡Flash, flash! ¡Último minuto! Acaban de asesinar en Manzanillo a Jesús Menéndez.

«De regreso a la casa, casi no pude ni entrar, pues el pueblo se había volcado allí de manera espontánea. A partir de entonces, fue todo una locura. Había mucha ira acumulada en la gente. Todavía su cadáver permanecía en Manzanillo. Luego fue velado en el Capitolio Nacional, y Blas Roca despidió el duelo. Dejó huérfanos a cuatro hijos pequeños.

«Jesús Menéndez sigue vivo y seguirá. La obra suya y su vida están aquí en esta calle Jesús Rodríguez, ahora 2a. del Norte, de Encrucijada, pero también está en toda Cuba, pues dondequiera que haya un central, dondequiera que haya un obrero azucarero, ahí estará Jesús Menéndez.»

Teodoro, primo de Jesús

«Me llamo Teodoro Orestes Pérez Álvarez y tengo 80 años cumplidos. Nací aquí en Encrucijada el 9 de noviembre de 1931 y soy primo hermano de Jesús, pues mi madre y su padre eran hermanos carnales, aunque él tuviera el apellido Menéndez y no Álvarez, pues así lo inscribieron.

«Entre nosotros había una diferencia de edad de 20 años, así que siempre lo vi y traté con mucho respeto. De trabajador ascendió a dirigente obrero y aquí en Encrucijada hizo de todo, incluso hasta de herrero, en una herrería que había en el poblado.

«Cuando nos veíamos, nos saludábamos con afecto. El día de su boda con Zoila, una de las hijas de los Cervera, pasé por frente de la casa y vi la alegría familiar que existía. No entré, pues era un muchachón y entonces esas cosas se respetaban mucho, pero sí lo recuerdo bien. A él le gustaba mucho venir a Encrucijada, y cada vez que podía lo hacía y salía a recorrer los campos y a saludar a la gente, pues tenía imán para las personas.

«Su último discurso en Encrucijada lo dio en 1947. Fue un mitin de pueblo que organizó el PSP con los trabajadores azucareros. Hubo palabras suyas que nunca las voy a olvidar, por el lenguaje directo y claro que utilizó. Dijo Jesús: “Les voy a decir una cosa, abran bien las guatacas, para que entiendan. Nosotros estamos luchando por la consigna reivindi­cativa de mayores salarios, pero ustedes tienen que estar preparados, abran bien las guatacas, para la lucha que nos toca: el poder obrero en manos de los trabajadores.”

«Esas palabras de contenido marxista, algo que aprendí mucho después con la Revolución, quedaron bien grabadas en mí. Ese último discurso de Jesús en su tierra natal, se efectuó en la Avenida Martí, al lado de la Imprenta y asistió mucha gente humilde.

«Siempre Menéndez fue consecuente con sus ideas, por eso se ordenó su asesinato, que acá, en la tierra que le viera nacer causó un dolor enorme, pues Encrucijada perdía a una de sus hijos más ilustres, al punto que sin ser militar se le conoce como el General de las Cañas».

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