El bandolerismo en los campos de Cuba

Obra de Landaluce.

Médico de campo, obra de Víctor Patricio Landaluce.

Los intentos por sofocar y contrarrestar uno de los más nocivos males que prosperaban a la sombra de caminos y bosques de Cuba, EL BANDOLERISMO, son abordados por la acostumbrada sección sabatina Escudriñando archivos, llevada por Luis Machado Ordetx en el periódico Vanguardia:

Polavieja, el Capitán General, en la Relación documentada de mi política en Cuba (1898), argumenta la política de “mano dura” que desató durante los dos primeros años de la novena década del siglo xix, con la intención de sofocar los graves intentos de rebelión contra la corona española, y contrarrestar el bandolerismo que prosperaba a la sombra de los caminos y los bosques de Cuba.

Al sustituir a Manuel Salamanca y Negrete (1889-1890) —luego de un breve período interino de José Chinchilla y Díaz de Oñate—, Camilo García de Polavieja pensó que el combate frontal a esta lacra sería “cosa de coser y cantar”, tras la creación de un Gabinete Particular encargado de terminar con la «inestabilidad social y los desórdenes públicos en el menor plazo posible», escribió.

Los fascinerosos «ejercían a diario, y la prensa periódica los explotaba a su sabor, excitando la curiosidad pública y sosteniendo sin descanso el escándalo por medio de corresponsales que tenían en los campos», indicó. De nada le valió el fomento de guerrillas volantes, políticas de confidencias y de precios por delaciones referidas a los asaltantes.

El mal generado en los campos no era un asunto desconocido en el esplendor económico y social de Cuba. La raíz estaba en el enriquecimiento desmedido de la sacaracocracia, el ejercicio arbitrario de la justicia, los métodos represivos y la agudización de las contradicciones políticas por la independencia.

A partir de octubre de 1890, declaró «militarmente ocupadas a las provincias de La Habana, Matanzas, Santa Clara y Santiago de Cuba», y destacó batallones de la Guardia Civil en Pinar del Río y Puerto Príncipe.

El flagelo, expone el jurista Julio Ángel Carreras en “El bandolerismo en Las Villas entre 1831 y 1853, se extendió como polvareda. Mucho antes, desde principios de siglo, según refiere Manuel Dionisio González en la Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción (1858), proliferaban los asaltantes y contrabandistas.

Cuenta sobre un «indio, armado de flechas y lanza, que perseguido en la parte occidental por la perversidad de sus hechos, había logrado  burlarse allí de la autoridad de los jueces, y trasladado a las comarcas del centro, recorría a menudo, tanto la jurisdicción de Puerto Príncipe, como algunos puntos de la nuestra y la de San Juan de los Remedios, cuyos territorios eligió para teatro de sus nuevos crímenes (…);  siempre andaba a pie, pocas ocasiones utilizaba camisa y pantalones (…);  por lo regular sin sombrero y desnudo, trayendo solo, envuelto en el cuerpo, un lienzo que cubría sus partes pudendas. Representaba unos cuarenta años de edad (…) y había llegado a infundir, con la noticia de sus excesos, no poco temor a los habitantes».

En noviembre de 1803 asesinó a niños y adultos, y siempre burló la persecución, hasta que la «Audiencia [de Puerto Príncipe], a cuyo conocimiento como era regular, llegó la malhadada historia del bandido siboney, se  empeñó en libertar el distrito de un hombre tan perjudicial (…) Murió el Indio Martín a los pocos meses en Puerto Príncipe a manos de una partida que lo perseguía».

Historiografías recientes explican que Luis Beltrán, el denominado Indio Martín, tenía orígenes araucanos. El médico y folclorista Facundo Ramos y Ramos, en Cosas de Remedios (1932), abunda sobre el inusual bandolero convertido en trashumante asesino y depredador de la “lengua de animales vacunos” obtenidos en el tránsito por Santa Clara, Sancti Spíritus y Puerto Príncipe, sitios de los recorridos campestres.

En 1834, precisa González «Nuestro distrito (…) nunca estuvo más plagado de malhechores como entonces, de tal modo que fue necesario recurrir al medio de crear una partida de policía, que se empleara en su persecución (…) El pardo José Filomeno Vicuña, conocido por Caniquí, famoso criminal, que burlando la acción de la justicia, había llegado a adquirir cierta especie de celebridad, así por sus hechos, como por su carácter arrojado, a que unía una severidad y astucia admirables».

A mediados de 1819, el bandolerismo adquiere notoriedad al legalizarse la propiedad de la tierra en manos de la sacarocracia criolla y de extranjeros acaudalados que fomentaron ingenios, crías ganaderas y siembras cafetaleras o cacaoteras. Muchos labradores, sin tierras y carentes de dinero, deambulaban por los campos. Gustaban del juego al azar y del consumo de bebidas alcohólicas. También delinquían en robos de animales y asaltos a propiedades ajenas y formaban pandillas con más de tres individuos, según sustenta Carreras.

Dionisio González, y los Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1930), de José A. Martínez-Fortún y Foyo, no refieren que por las cercanías de Santa Clara operó en 1832 la banda de Rafael Sarduy, quien estuvo secundado por ocho delincuentes que asolaron y sembraron el terror en plantaciones azucareras cercanas.

Cuatro años después, por Remedios merodeó Ramón Iltom, alias Cotorrero, empeñado en robar caballos, yeguas y mulos que  vendía en haciendas próximas a Mayajigua y Caibarién. Por San Juan de los Yeras, otra banda de maleantes utilizaba la «resina de yerbas de amansa guapos» para adormecer a cerdos, afirma Carreras.

Martínez-Fortún advierte que en Remedios, El Boletín, correspondiente a  agosto de 1852, incluyó contingencias de meses anteriores, cuando  Antonio Rivera, Rafael Ángel y Francisco Roquet, se dedicaron a robar caballos en la hacienda de Isaac  Stone.

Anota el historiador que el 11 de diciembre de 1856  murió «la vecina Cruz Orozco (a) La Bandolera de 70 años de edad, encubridora de malhechores (…) Uno de sus hijos formaba parte de una cuadrilla de bandoleros que por los años 1843 infestaban los campos de esta jurisdicción».

Sin embargo, el 23 de septiembre de 1843, según Manuel Dionisio González, ocurre en la hacienda Amistad, en Jicotea, el suceso más cruel y sonado del bandolerismo de la primera mitad de siglo: la tortura y muerte de Francisco Arencibia, Regidor Alguacil Mayor de Santa Clara. El esclarecimiento jurídico provocó polémicas, encontronazos e intrigas políticas que involucraron al “malhadado” poeta Plácido en sus periplos de ese año por zonas de Sagua la Grande, Cienfuegos, Villaclara, Remedios y Trinidad.

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