MALAS Y BUENAS PALABRAS

Las malas palabras en su inmensa mayoría están relacionadas con el sexo. Las hay de grueso calibre, de peso mediano, y de cierta ligereza. En su inmensa mayoría están relacionadas con el sexo. Su historia se pierde en la oscuridad de los siglos, pero no siempre estuvieron prohibidas.

Por ejemplo, eran de uso corriente durante el gobierno del emperador romano Augusto, cuando el libertinaje de la vida permitía la licencia del habla. Los poemas de Valerio Marcial, escritos en esa época, todavía consiguen ruborizar al más estoico de los lectores.

Su más implacable proscripción, sin embargo, ocurrió varios siglos más tarde –durante la Edad Media– cuando el simple hecho de mirarse las partes sexuales propias era tenido por grave pecado. Gordonio, un importante médico medieval, escribió en su libro Lilium medicinae que mirar las vergüenzas durante el coito provocaba esterilidad hasta en los hombres honestos. Por esa causa, la tradición del baño, que provenía de los romanos, terminó siendo condenada.

Fuente: Antonio Rodríguez Salvador, en La Calle del Medio

Lo importante era la limpieza del alma, no la corporal, y el primer adalid de esta máxima fue Antonio Abad –el gran asceta de la cristiandad–, quien aseguraba no haberse lavado nunca los pies. En su sabrosa Decadencia y caída de casi todo el mundo, Will Cuppy refiere que Isabel I, quien por decreto papal se había convertido en regente de Dios para el globo terráqueo, apenas se bañó dos veces en su vida: la primera en 1451, al nacer, y la segunda en 1469, cuando se casó con Fernando II de Aragón.

Las malas palabras de mayor escándalo son aquellas relacionadas con el órgano viril masculino, porque Agustín de Hipona, padre y doctor de la Iglesia, decretó que la erección era un acto de castigo por derivar del pecado original. En consecuencia, la virtud suponía eliminar toda suerte de pensamientos lujuriosos, incluidos los que se presentan durante el sueño.

No obstante, la palabra eyaculación no es grosera. Esto se debe a que el contrato  matrimonial en la Edad Media excluía el sentimiento amoroso, pero la relación sexual era legítima cuando se realizaba con el fi n de procrear. Aun en tales casos, que quizá pudiésemos llamar de «fuerza mayor», el cubrimiento debía cumplir con determinadas pautas que estaban oportunamente previstas en los Penitenciales.

Estos libros, que recogían las normas y ritos para la imposición de penitencias públicas, aclaraban que el coito no debía practicarse jamás en posturas antinaturales (in situs ultra modum). Ello significaba que la mujer tenía que permanecer debajo, en condición pasiva, mientras el hombre estaba en la obligación de reprimir las muestras de deseo inmoderado (voluptas), las fantasías eróticas (delectio fornicationis), las caricias y tocamientos (contactus partium corporis), ya que tales manifestaciones de placer resultaban superfluas a la fecundación. Para disminuir el goce sexual, se recomendaba el empleo de la «camisa del monje» (chemise cagoule), una suerte de camisón de tela gruesa que tenía una estrecha rendija en la zona genital.

Aunque nos separan muchos siglos de la Edad Media, el eco de tales represiones aún perdura. Y no sólo en el nombramiento de las partes sexuales, que siguen siendo tabú, sino hasta en la visión de sus fantasmas. Por ejemplo, llegamos a un bar, y sin que nadie se escandalice, pedimos en voz alta una caja de cigarros (que como se sabe es principal causante del cáncer de pulmón); más alto aún exigimos al dependiente que nos ponga otro doble de ron (también es conocida la responsabilidad del alcohol en catastróficos accidentes del tránsito); y, sin embargo, nos volvemos una sombra, miramos a izquierda y derecha, fruncimos el entrecejo y volvemos a dudar nuevamente, antes de susurrar al mismo barman: por favor, compañero, véndame un preservativo. Quizá nunca somos más respetuosos que al comprar un condón.

Ahora bien, las palabras relacionadas con órganos sexuales femeninos suelen ser menos impúdicas. Ello se debe a que Platón decretó la carencia de impulsos sexuales en las mujeres, estas sólo manifestaban deseos de tener hijos. Platón fue el pensador antiguo más influyente en la cristiandad, y, ciertamente, hoy podríamos achacarle buena dosis de culpa en incontables anorgasmias femeninas; pero también gracias a él uno puede decir la palabra coño sin ganarse demasiadas censuras.

Coño proviene de cunnus, es decir cuña: de esta manera los antiguos latinos nombraban el clítoris. A los que se preguntan qué significa la cada vez más publicada palabra cunnilingus, les explico que literalmente esta denota la acción de lamer la cuña. Sin embargo, el clítoris se perdió durante la Edad Media, porque Aristóteles, otro pensador influyente en la «educación sexual» del medioevo, decía que la mujer era apenas un hombre invertido.A cada parte de la mujer correspondía otra similar del hombre, y como el clítoris no tenía equivalente masculino, sencillamente no existía. La vagina era considerada una suerte de pene al revés, mientras los ovarios eran tomados por testículos.

De tal idea se derivaban dos razonamientos. Primero: tener los testículos por dentro tornaba cobardes a las mujeres. Segundo, la parte más sensible de la mujer estaba en el cuello del útero: de aquí nace el mito aún vigente de que el tamaño del pene decide en la satisfacción sexual femenina.

El clítoris fue descubierto por el anatomista italiano Mateo Realdo Colón, 67 años después de que otro Colón –Cristóbal– descubriera América. Vean ustedes cómo resultó más fácil descubrir una tierra que estaba a miles de kilómetros de distancia, que un simple órgano siempre al alcance de la mano.

Naturalmente, durante todo ese tiempo las mujeres continuaron gozando de su clítoris con la discreción que los propios hombres les enseñaron a practicar, pero sabemos que en aquel entonces el criterio de las mujeres no contaba –del mismo modo que todavía no cuenta demasiado el criterio de los indios: por eso casi nadie dice que estos últimos fueron los verdaderos descubridores de América.

Las malas palabras de mediano calibre son variadas, pero un número importante de ellas está relacionado con la intolerancia sexual. La prostitución se aceptaba a regañadientes, porque el semen jamás debía caer en otro lugar que no fuera la vagina. La espeluznante demonio Lilit siempre estaba a la caza de todo semen que cayese en «territorio de nadie», y con él engendraba nuevos demonios. Apreciemos entonces cómo a pesar de sus «santos» servicios, las prostitutas siempre fueron despreciadas.

A veces, para lograr su objetivo, Lilit cobraba forma de mujer sensual y se colaba en los sueños y las fantasías de los hombres. Por eso graves faltas eran también la masturbación y la zoofilia, aunque la penetración anal era el más odioso de todos los pecados. Esa práctica, sin embargo, era mucho más terrible cuando el penetrado era un hombre. La mujer había sido fabricada a partir de una costilla humana; no como Adán, que fue creado a imagen y semejanza de Dios: quizá por ello la Biblia relata que Yahvé en persona arrasó con un par de aldeas –Sodoma y Gomorra– al conocer que en ellas la homosexualidad masculina se había generalizado.

Grosso modo, estimado lector, este es el origen de las malas palabras que, como ha podido apreciarse, sobre todo siempre sirvieron para legitimar prejuicios. Sin embargo, por atacar una injusticia creo yo que jamás deba renunciarse a la belleza del lenguaje: sería como botar al niño recién bañado junto con el agua sucia de la palangana.

Los exabruptos son a la vida como la sal a los alimentos: hay comidas que no llevan sal, y otras que sí; pero, incluso, a estas últimas, si se les echa más de una pizca, pueden resultar intragables. O sea, no estoy diciendo que si usted se machaca el dedo con un martillo, deba sentarse a recitar un poema de Neruda.

Asimismo, si está haciendo el amor con su pareja, menos le aconsejo que a esa hora empiece a mencionar las partes sexuales por sus nombres científicos. En medio de tales ardores no parece muy recomendable mostrarse como un teórico.

Sin embargo, a esa hora creo que tampoco resulte adecuado lanzar una tonelada de palabrotas como si uno fuera un caballo que relincha en el prado con su yegua.  Ciertamente, siempre será oportuno desmarcarse de prejuicios medievales; pero quien gruñe como un troglodita, de alguna manera también marcha de regreso al Neolítico.

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3 Respuestas a “MALAS Y BUENAS PALABRAS

  1. es una pagina para bobinios eso no lo que ke queremos concurrir
    que significan las buenas palabras
    pagina bruta

  2. son una pagina con conceptos buenos que tienen la inteligengia para expresar buenos modos
    espero que sigan mejorando el mundo como lo estan haciendo
    gracias x su atencion prestada le agradescox todo lo que hacen x el mundo y de verdad con todo corazon sigan haci y mas adelantye seran mejores personas
    ke siguan haci y me orgullesco x que a unque ay personas con intension de destruir el mundo
    yo tengo la fe de nunca poderan destruir este mundo que con valor y luchando se construyo
    por que todos tenemos nuestras manos empuñadas para crecer con un mejor mundo
    x que yo se que ustedes quieren educar para poder ser mejores en la vida y morir orgullosos de nosotros mimos x que morimos luchando x un valor imenso de emfrentar ostaculos que la vida trae
    un mejor mundo nace
    de las buenas palabras x eso digo gracias
    nireblog
    gracias y mil gracias x lo que hacen para luchar x lo mejor del mundo

  3. esto me salio del corazon soy de mutata vivo x la calle del colegio
    luchemos x el mundo disneylatico barra amigos x el mundo

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